Un escritor de hoy

Ya escribí en otras ocasiones que hoy hay más escritores que nunca. Muchos escritores y menos lectores, aunque también dicen los institutos al uso que hay más lectores que nunca. Pongamos por caso que tienen razón… y no discutamos por eso. En cuanto a los escritores de hoy, los hay de todas clases, pero yo quiero escribir de uno en particular, con nombre y apellido. Un tipo que me llamó la atención hace unos años, cuando lo conocí en una librería de San Fernando, en Buenos Aires, donde fui a presentar una de mis novelas ese mismo día. Él estaba allí, entre loa asistentes. Al final del acto, pidió que pusieran música. Tom Waits, unas baladas extraordinarias e inolvidables. Hablamos largo, sentados y tomando tragos. Luego, me puse a leer sus cuentos sobre hombres casados, sus nuevos cuentos para hombres casados y sus últimos cuentos para hombres casados, una trilogía que a mí me pareció un descubrimiento literario, independientemente de las novelas que había publicado. Era expansivo, escribía como hablaba, entregado a esa pasión que sin duda reclama una vocación literaria a tiempo completo.
Lo volví a ver en tres o cuatro ocasiones, siempre cordial, agradeciendo los comentarios que yo había hecho aquí y allá sobre sus libros. Un día desayunamos juntos y le pedí que me contara la mecánica de su trabajo diario. Se levantaba sobre las 8 de la mañana, caminaba once o doce cuadras desde su casa hasta su estudio y ahí se encerraba a esperar que llegara lo que los románticos llamaron inspiración y que algunos de nosotros hemos traducido como trabajo, esfuerzo y diversión. Se sentaba a escribir, tuviera ganas o no de hacerlo. Y, además, esperaba junto al teléfono que llegara algún encargo de alguna revista o periódico. Él, me decía, era un escritor rápido, pero cuando yo leía sus artículos me pareció siempre que su escritura trascendía de la mera ocurrencia cotidiana y que no tenía nada en común con otros columnistas sobre los que Jorgs Semprún dijo una vez que “publicaban sin ningún pudor sus deposiciones matinales”. Sus artículos eran certeros, luminosos, llenos de ideas para reflexionar; eran una provocación fina, una propuesta para inteligentes y un desafío para la indolencia. Un tipazo de escritor. Y no tenía muchos años, aunque su madurez de escritor sobrepasaba con creces la que parecía tener, la de un actor de Holliwood poco más que adolescente.
Su nombre es Marcelo Birmajer, y es de Buenos Aires. Ahora busco su dirección electr´ñonica y no la encuentro. Se me ha ocurrido que lo más prudente, aunque sea también un poco atrevido, es pedirles a ustedes, mis cómplices lectores, información electrónica del tipazo del que estoy hablando, porque entre la tribu digital me da la impresión de que hay más solidaridad que en algunos otros tugurios de la realidad.

La última vez que ví a Marcelo Birmajer fue en una fiesta de un periódicos de alcance nacional en Madrid. Celebraban la Feria del Libro y estábamos entre copas. Hablamos entre copaS y amigos, sin mucha profunidad, pero con la evidente cercanía de siempre. El hombre seguía jovial, lleno de vida y con todo por escribir en el inmediato futuro. Muchos planes que poco a poco ha ido sacando adelante. Siempre me llamó la atención, y me admiró, la vocación literaria de esos escritores que se encierran monásticamente durante ocho horas al día a escribir en un estudio de mínimas dimensiones y con la inseguridad que da siempre trabajar sin red en un trapecio a doscientos metros de altura, cara al viento y a merced de sus veleidades. Marcelo Birmajer es de esos escritores de los que Henry James decía que tenían una voluntad de hierro. Creo que tiene una coraza de acero y que lo principal de su vida es, sin duda, el deseo literario de escribir en cualquier tiempo, salga el sol por donde salga o llegue a a las puertas de su estudio el fin del mundo.
Este tipo de escritores son los que nos hacen a los demás mantener la ilusión y la esperanza en el trabajo literario. Entran en laliteratura y no salen nunca más, hasta más allá de la muerte, incluso, cuando algunos han ganado las guerras que parecía que habían perdidoi durante todos los años de su vida.
Esa esperanza es trascendental para escritores que muchas veces dudan de sí mismos y dudan de su vocación. Yo los conozco: los he visto entrar por una puerta de la literatura, cuando eran muy jóvenes, y los he visto salir por otra, con el rabo entre las patas y despidiéndose a la francesa, sin decirle nada a nadie. Me parece que esas vocaciones son flojas y no tienen nada que ver con la de aquellos escritores que hacen de su vida literatura y de su literatura una vida, la de ellos, en la que siempre tienen algo que escribir, contar o recordar.
Por eso creo que Marcelo Birmajer, todavía joven, es un ejemplo para todos los que ahora se plantean si vale la pena atender a la vocación de la literatura, que les está tocando en la puerta, o si -por el contrario- es mejor aparentar despiste y dejar que pase de lado y para siempre la gran mujer de sus vidas, la literatura.

jfdghjhthit45
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Una respuesta a Un escritor de hoy

  1. I believe the zoning issues have been worked out and they are working now on getting the building repaired and up to code.

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