Mítines de vísperas

Uc cierto cansancio recorre la campaña electoral en España. El pavor a los mercados desvía la atención de una mirada certtera y lúcida de la política y la dirige ahora a la economía. Al dinero que no tenemos para pagar el dinero que debemos. Y surgen miles de preguntas, aunque hay una doméstica que se impone a todas las demás: ¿qué nos ha pasado? Y una repregunta: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
Desde hace más de un año y medio, los medios informativos y los llamados expertos nos anunciaban en titulares de alerta que estábamos al borde del abismo. Seguimos estando hoy, pero a lo que parece mucho más cerca del abismo, aunque también parece que estamos más acostumbrados al vértigo, al horror al vacío.
Algunas voces independientes se han alzado contra un estado de cosas -el nuestro- verdaderamente lamentable. Hay quienes, desde su propio negociado, sostienen que la única salida es la educación y la cultura, entendidas ambas como convivencia ciudadana en la más estricta libertad y respecto a la ley. Pero surgen siempre problemas: el dicho de que quien hace la ley hace la trampa es una evidencia vergonzosa en el caso de las castas políticas españoles, salvo numerosas excepciones que nos honran.
Así las cosas, con el iceberg golpeando al Tinanic de la actualidad, los políticos y nosotros andamos de mítines y vísperas. Gritan, se sonríen y se preocupan los candidatos cada uno por su lado buscando seducir al ciudadano y levantare voto dentro de cuatro o cinco días. Y sufre otra pregunta: ¿quiénes asisten a los mítines? Tengo la certeza de que a los mítines de cada partido político va sólo la feligresía, algunos aburridos y uno que otro despistado. La gente está en lo suyo, que no es poco. La gente, de tanto que se lo dijeron unos y otros, está en el abismo y lo único que quiere es salir de ese atolladero vertiginoso cuanto más rápido mejor. Y hay también agoreros que no nos ofrecen ninguna salida: si salimos de esta es para meternos en otra peor, pero lo más seguro es que no salgamos nunca. Y la contrapartida: ¿dónde vamos sin confianza, sin esperanza en las soluciones, sin cierto esfuerzo y sacrificio?
Tengo para mí que esta campaña electoral, tildada de anodina, ha durado más de la cuenta. Empezó antes del tiempo oficial (cada declaración era un mítin; cada día era y es
una víspera) y, si por los políticos fuera, terminaría después de las Navidades o en las vísperas de los carnavales del año que viene, 2012, año crucial incluso para los almanaques más antiguos, que lo declaran otra vez el año del fin del mundo.
Anonida o no, a la campaña electoral le falta pasión y talla. Pasión porque el efecto que provoca cada gesto de cada candidato en la ciudadanía “nocreyente” es nulo; talla porque ya no somos los mismos y, aunque mejoran algunas cosas, empeoran otraS muchas que no deberían, a estas alturas, darnos quebraderos de cabeza.
El ciudadano normal, que todavía escapa como puede a la crisis, observa esta campaña con la distancia que le proponen los propios políticos: ven a mi epectáculo, mírame en la televisión y vótame, ya verás lo bueno que soy, parece decir cada uno de ellos. Pero el ciudadano normal, aquel que incluso se inspira en sus propias ilusiones y fantasías para salir adelante, no cree como creía hace unos años. Sobre todo, las nuevas generaciones: están escaldadas, en el aire y buscando espacio para estallar. Como el volcán de El Hierro dan pequeño tumbos en las redes sociales, a las que cada vez tiene más gente en cuenta, pero los fines de semana regresan casi siempre a la fiesta que se les niega con el trabajo y la dignidad de todos los días. ¿Hasta cuándo aguantarán que quienes lo hacen abusen de su paciencia, de la posible bondad de las nuevas generaciones, sin trabajo, sin norte y sin casi nada resuelto?
Evitar el descalabro que, a su vez, evite el estallido social y reviente el sistema por mil lugares imprevistos. Esa tendría que ser la primera y más urgente revisión de la vida cotidiana que un político con talla y pasión por el servicio público honesto tendría que poner en juego en estas vísperas o después, gane o pierda las elecciones generales.

Estamos donde estamos porque nosotros estuvimos si no felices por lo menos resignados a la vida de todos los días. Estamos donde estemos y tenemos sólo lo que tenemos porque lo demás lo debemos gracias a nuestra capacidad de fiesta y a nuestro empecinamiento para apañarnos con lo bueno de Europa y no involucrarnos en los problemas de la UE más de lo que nos pide el cualquier, que es bien poco. Estamos donde estamos, de mítin y en vísperas, porque es lo que nos toca. No sólo a nosotros, sino a todos los países del sur de Europa que contaminan con su deuda a “intocables” desde hace un tiempo inmemorial. Tengo para mí que las resoluciones esta situación tan vertiginosamente lamentable son difíciles de ver en breve tiempo. Ni brotes verdes ni ilusiones que levantan el ánimo y nos lleven a confiar en nosotros mismos. Y en los representantes políticos que saldrán de las urnas el próximo domingo.

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