Estados de ánimo

Desde Freud sabemos que el estado de ánimo es un arma de doble filo. Hoy en día, la bipolaridad anímica es un artefacto que carga el diablo y que los médicos tratan de resolver a golpe de química. Quien no haya sufrido lo que primariamente psiquiatría se llama un “surmenage” no ha vivido para poder contarlo. El consumo indiscriminado de drogas, el abuso alcohólico y otras “esencias de la vida” llevan casi siempre al abismo. Un pozo desde el fondo del cual no se ve luz, el enfermo anda por tanto en penumbra y cree además, y eso es lo peor, que la ceguera del ánimo que lo acucia es definitiva.
William Styron, un escritor norteamericano de gran relieve (autor, entre otras novelas, de “La decisión de Sophie”, que fue llevada al cine), escribió una suerte de memoria de su enfermedad psíquica, con recaídas en el alcoholismo y en la depresión nerviosa.
Cabe preguntarse si esta bipolaridad anímica (este up and down cotidiano) que sufre un amplio porcentaje de ciudadanos en el mundo entero no es una metáfora totalizadora del mundo que vivimos. Hay quienes piensan que mostrar ante ese mismo mundo cotidiano una visión positiva, de gran autoestima, es la mejor manera de salir adelante y seguir en la batalla. Por el contrario, en plena crisis económica, se alzan voces científicas e intelectuales que comienzan a decir lo contrario: que la autoestima exagerada, más bien el exceso de visión positiva ante la vida provoca más temprano que tarde una caída en picado que nos hace caer hasta el fondo del pozo.
La fiesta interminable de los finales del siglo XX produjo una caravana de diversión, larga farra, dispendio y risas excesivas que, según los críticos, nos ha llevado hasta más allá del ánimo la crisis económica. Lo que sucede, en el fondo de la cuestión, es que la crisis económica es el resultado de una crisis de valores también totalizadores y el estado de ánimo es capital a la hora de enfrentarse a este tipo de situaciones límite. Ocurre que no puede nadie lanzarse al ruedo, al centro del albero, a torear al toro si no es uno torero profesional, prudente, concocedor de la fiera e hipnotizador de sus propias fuerzas. Sucede, por el contrario y con excesiva frecuencia, que en este mundo de hoy cualquiera se lanza al ruedo gracias a la voz de su autoestima que lo obliga a sobreponerse al anonimato y demostrar que puede destacar entre el ganado como uno de los elegidos de los dioses. Craso error.
Para estas situaciones lo mejor es un ánimo dispuesto, desde luego, a superarlas. Pero ¿cómo saber de qué forma no nos pasamos ni nos quedamos cortos, qué termómetro nos demuestra si estamos bien de temperatura o la fiebre nos carcome nuestra lucides y cometemos el error de meternos de hoz y coz en el laberinto?
Se apela demasiado a la autoestima. Se llama demasiado al ánimo positivo, sin tener en cuenta que hay que ser moderado en cuestiones serias. Está bien una autoestima suficiente, que equilibre uno tras otro los episodios cotidianos y hasta domésticos de nuestra vida, pero el exceso de “ferialidad” en el ánimo conduce a una resaca disparatada y ruinosa. En esas estamos. Ahora, en el cansancio, nos falta lucidez para entender qué está pasando; nos falta paciencia para salir del hoyo; nos falta esperanza que darnos; nos sobra confusión, miedo e incertidumbre. Confiamos hasta ayer en un gran golpe de suerte, para hoy maldecir todo aquello que signifique un recuerdo de esa misma suerte, que se ha vuelto por mor de la crisis perversa y nefasta. El resultado anímico es malo.
Los políticos, en campaña o no, tocan a rebato el cuerno de la esperanza desde los medios informativos. “¡Hay que tener ánimo!”, nos gritan. ¡Cómo si tener ánimo en una situación como la que vivimos fuera fácil! Los pensadores (los que piensan y crean opinión con su autoridad moral) son pocos en nuestro mundo del siglo XXI. Cada vez van quedando menos grandes y creciendo, en medio del charco, un ganado mediocre que se enseñorea del mundo con una forma de hacer que deja moralmente mucho que desear.

Tal vez estamos echando de menos, con o sin conciencia de ello, tiempos pasados que, sin embargo y al menos a mi entender, no fueron exactamente mejores. La ciencia y la memoria nos dicen que un ánimo templado en fracasos es el mejor maestro para soportar, cuando lleguen y si llegan, los triunfos que por cualquier razón nos tocan en suerte. El temple, pues, es la clave del estado de ánimo que debe prevalecer ante quienes llenos de optimismo antropológico ven brotes verdes en un horizonte azul a la vuelta de la esquina y contra los que, en el otro lado, sostienen con ceguera total que jamás saldremos del hoyo en el que nos han metido (decimos nos han metido sin darnos cuenta de que somos a veces más cómplices de la situación de lo que queremos aceptar). Un buen temple hace al resistente más fuerte. Y corren tiempos de resistencia. Tiempos en los que un ánimo resistente y colectivo podría servirnos de acicate y aire fresco para saltar por encima de los obstáculos que la gran resaca de la fiesta muldial ha convertido en ruina de todo género.

jfdghjhthit45
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.