El horror de las erratas

Uno de los temores más horribles que acucia a un escritor cuando su libro sale de imprenta y el primer ejemplar llega a sus manos es el de las erratas. Se cuelan por algún lugar secreto, por mucho cuidado que uno ponga en el texto; el escrito revisa una y otra vez las pruebas del texto, cura los errores,los mejora en las compaginadas, pero todo cuanto hace es inútil: siempre hay alguna errata que destruye total o parcialmente el texto del libro. Si es un libro de poemas es mucho peor. El poeta enferma de erratas porque el poema no admite ningún error, ni el más mínimo, y una sola palabra cambia el sentido total del texto. “Mariuca se queda dormida/ y yo me voy de puntillas”, escribió un poeta muy conocido en una revista bastante más conocida que él; “Mariuca se queda dormida/ y yo me voy de putillas”, salió puiblicado en el cuerpo de la revista. El poeta montó en cólera y el corrector de estilo de la revista fue expulsado al fuego externo de la literatura por una temporada.
Tengo con las arratas una guerra particular interminable, sobre todo después de la llegada del ordenador o computadora, en cuyo mecanismo escribo directamente. Ahí, ebn el ordenador, se escribe más rápido, cualquier escritor con oficio teclea como si estuviera escribiendo al piano una melodía que le suena muy bien conforme va escribiéndola; pero, en un recodo del camino o en la esquina de cualquier párrafo, aparece cuando ya las cosas y las erratas no tienen remedio el gran error que encharca el trabjo de años.
Los fantasmas de las erratas fueron recopiladas en un libro muy bello, original y, al mismo tiempo, curioso por el ilustrado escritor José Esteban. El libro de las erratas de José Esteban tiene ya varias ediciones y amenaza con transformarse en un long-seller de vida añeja y divertida. Ahí, en ese libro de José Esteban que no es ninguna novedad, pueden encontrarse cientos de erratas que incluso han mejorado el texto del escritor o, por el contrario, destruyen el edificio en el que el escritor se había mirado y admirado durante años.
ahora acaba de pñublicarse, aunque tardará una semana en estar en los escaparates de las librerías, mi última novela, titulada “La noche que Bolívar traicionó a Miranda”, una novela histórica sobre el enfrentamiento, como adelante el título, entre Bolívar y Francisco de Miranda. La novela tiene mucho más ficción que historia, pero “se basa” en la Historia real, y la Historia es su origen; es deccir, que el fondo de la cuestión tuvo lugar en la realidad histórica de América y Espeña. Los elementos de ficción introducidos en la Historia tienen tanta o más fuerza que los realmente históricos, pero lo que realmente me pone los pelos de punta cada vez que acaricio uno de los ejemplares que me ha enviado la editorial Edhasa, editora de la novela, es descubrir las erratas del libro, el desplazamiento de una letra, una palabra, una simple coma. Me pongo enfermo, y esa fiebre repentina tiene su origen en que uno cree que escribió son erratas pero las erratas no se cuelan si uno mismo no es el responsable de haberlas escrito. Lo que sucede es que nos creemos más perfectos de lo que en realidad somos y, los peor, “el idiota urgente” que nos ayuda a escribir -el ordenador- es mása rápido que nosotros pero mucho menos inteligente y a pesar de todo respeta nuestros errores, las erratas terribles que durante días, y hasta que nos vaya la fiebre del disgusto, nos acucian como fantasmas que jamás van a a abandonarnos.
Siempre les recomiendo a mis amigos lectores que no reparen en las erratas, que son -como digo e insisto- fantasma enemigos que alguien (siempre es bueno ser un poco paranoico) introduce en nuestra propia cabeza para que estemos un poco más cerca del suicidio al que nos quiere destinar. De modo que a quienes tengan a bien y la bondad de leer este blog, o se acerquen a la novela recién publicada, les ruego que poco a poco vayan pasando por alto lerratas que aparecen en mis textos. Procuraré, no obstante, mejorar mi cuidado sobre los textos en mi propio beneficio y, sobre todo, por respeto a mis hipotéticos lectores, sean dos o dos millones.
Recuerdo que el gran Jesús Marchamalo publicó un día un reportaje sobre las erratas de grandes escritores en sus textos. Terrible ver que los mejores tampoco habían tenido ojos para las erratas de sus textos y luego se tiraban de los pelos durante años. marchamado citaba unos versos de un poeta muy importante que ahora recuerdo de este manera, aunque estoy seguro que estoy yo mismo cometiendo errores en la memoria y en la transcripción real de ese verso: “Siendo un fuego atroz/ que me lacera”, decía el verso (aunque sé que lacera no es es verbo exacto). La errata que apareció en el verso publicado fue descomunal: “Siento un un fuego atrás/ que me lacera”. Y Jesúa Marchamalo concluye: “Mal sitio”. Exacto.

http://Bestbettafish.com/

Una errata siempre es un mal sitio, un mal lugar, un germen de descuido, un motivo de disgusto para el escritor (y el detiro, si tiene decencia), y una vez vista y publicada no se puede hacer nada sino esperar a la segunda edición, donde a su vez se escapan otras erratas. Y así sucesivamente. Y ahí está, queridos amigos lectores, un riesgo más de la escritura de siempre, y de la de ahora también, ahora que escribimos ayudados por la velocidad del ordenador que nos hace despeñarbnos en las erratas y darnos cuenta de ellas cuando ya no hay remedio.

jfdghjhthit45
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.