La Cumbre de Asunción

Es deprimente ver la caída en picado de esa celebración que apuntaba a ser el foro de las naciones de la América que habla español y portugués. La dimensión de alteza de tales reuniones viene dada por la presencia de los primeros mandaterios de los países de América, más España y Portugal. España está especialmente involucrada en este papel de “encuentro” desde que nació y creció el proyecto que ahora, por desgracia, parece haber entrado en decadencia. Para algunos analistas, la decadencia es real. Viene dada, en primer lugar, por el desinterés de los primeros mandaterios que, con una u otra excusa, brillan por su ausencia en algunas cumbres. La de Asunción ha sido un verdadero desastre en cuanto a asistencias de primeros mandatarios se refiere. Los medios informativos han dado cumplida noticia, incluso con profusión de coartadas, de esas ausencias, algunas justificadas y otras mantenidas en el aire por la santa voluntad de los insistentes. Al fin y al cabo, la asistencia a la Cumbre es libre y el que más y el que menos ha de demostrar su aquiescencia y su interés con la asistencia o inasistencia.
De modo que otra vez más, y ya van muchas, nos damos la espalda América y Europa. ¿Quiénes somos los responsables?
¿Se vuelva España, desde un punto de vista estrictamente diplomático y político, en América con la suficiente fuerza y convicción?
Durante algunos años de Felipe González y de Azbar, las cumbres fueron un punto de reunión y decisión que avanzaba a trancas y barrancas por donde la voluntad colectiva de los latinoamericanos e ibéricos ordenaba. Sí, los jefes de Estado y presidentes se veían las caras durante un par de días. Sí, se sonreían, discutían, se conocían más a fondo. Parecían entenderse en lo fundamental: que formábamos parte de un mundo que tenía bastantes más cosas en común que en desacuerdo, a pesar de las varidas ideologías, y -sobre todo- de la manera en la que muchas repúblicas latinoamericanas observan el fenómeno de las ideologías. Sobre todo, las que ellos -los jefes- imponen a veces por la fuerza. Pocoi a poco, la Cumbra Iberoamericana ha ido decayendo hasta degradarse en la última reunión, la de Asunción, Paraguay.
El presidente paraguayo se quejó porque le faltaron a la cita muchos de sus amigos más cercanos y la Cumbre, entonces, pareció vacía de contenido y, desde luego, de brillantez. No vamos a establecer aquí, ni mucho menos, una nueva teoría de la conspiración (contra la reunión, contra la Cumbre), pero es obvio que esos encuentros han ido perdiendo interés para los países llamados hermanos (y que seguramente es verdad que lo son, entre sí y con los demás). Una vez más, nos tenemos que preguntar qué hacer con la Cumbre.
Europa, y nosotros a la cabeza, nos hemos metido en nuestro problemas y América Latina ha vuelto a ser, en los últimos años, un mundo lejano a nuestras preocupaciones cotidianas; un universo que, al fin, nos queda al otro lado del mar y de nuestra mentalidad de urgencias y crisis. Los latinoamericanos también tienen sus graves problemas interiores que no se resulven de un día para otro y que, al fin, parecen tristemente irresolubles. Entre populismos, izquierdistas castriustoides, gritos de patrias y cánticos gloriosos, la única verdad es que América Latina crece económicamente, como sería de desear y más, pero se sigue distribuyendo mal la riqueza y los beneficios. Y sigue siendo un mundo en el que la miseria, urbana y rural, raya en la vergüenza. Mientras tanto, “los patriotas” juegan para casa: sólo les interesa aquellos jefes y presidentes de su cuerda; no quieren perder ni un momento, ni ocasión alguna, en demostrar que su visión es algo más profunda que la la identidad primaria por la que dicen luchar. El nacionalismo de unos y otros impide, además, que el encuentro se consolide con el interés y las características que lo originaron.
Estamos, pues, en una encrucijada que deriva de una lenta pero clara dejación por los objetivos de la Cumbre. Algunos mandatarios latinoamericanos deberían de estudiar sus razones para ese desinterés y ver, al final de este estudio, a quién o quiénes intersa de verdad sus ausencias en la Cumbre. no se trata de su simple deslucimiento ni ganas de desairar a nadie. Sobran las conspiraciones que muchas veces nos inventamos aunque en otras ocasiones sea clara la manifestación diabólica de algunos desacuerdos históricos que no han llegado a resolverse todavía.

Lo que hay que estudiar ahora, por quienes tengan esa competencia de autoridad y por los que nos sentimos latinoamericanos precisamente por ser españoles, o a pesar de ser españoles (si me lo permiten), es cómo continuar. Cómo seguir hacia adelante. Cómo reactivad la Cumbre Cómo hacer entender a los mandatarios que reaccionan con su ausencia ante la reunión que no se están haciendo ningún favor. De acuerdo: todo lo que sube, termina bajando a su lugar de origen. Es una ley física que a veces la voluntad del ser humano puede cambiar en algún instante de la Historia. Se celebra el Bicentenario de la Independencia de América. Vamos todos a esa reunión. También es la nuestra. si hasta el Rey Juan Carlos I ningún rey de Espala había ido a América, no se puede negar, al menos en apariencia (y con eso no digo más que lo que estoy diciendo), los esfuerzos del Rey para que los gobiernos latinoamericanos y sus mandatarios sepan el interés nacional, e incluso personal, que el propio Rey de España tiene en estas cumbres y reuniones. Como otros tantos españoles, el Rey es un latinoamericano de vocación y profesión. Algunos presidentes de los paísss del continente y sus islas son reacios a entender su propio papel en la Cumbnre y el papel de España y Portugal. Lo que hay que hacer, pues, es estudiar cómo volver al futuro: es decir, que la Cumbra sea en los próximos años lo que fue en los años de su máxima brillantez: un lenguaje que trataba de ser claro en su mensaje de unión y de camino hacia el futuro.

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