Ava en Madrid

Todo el mundo sabe que, durante una temporada de vida loca, Ava Gardner vivió en Madrid. Hizo de las suyas. Tanto que Frank Sinatra, enterado de su tiempo bocacciano, vino a buscarla a la capital de España. No hubo nada que hacer. Ella siguió con sus noches llenas de hombres hasta las madrugadas en que dormía como si estuviera muerta. De esa mitología, muchos machos de la época de Franco sacaron partido y se atribuyeron aventuras eróticas, las más de las cuales fueron leyendas inventadas por los hombres que se colgaban la medalla de haberse acostado con ella en más de una ocasión. El “síndrome Dominguín, viene de ahí. El torero salió corriendo hacia la calle en el hotel en el que, supuestamente, había tenido amores pasionales con la diosa. Los amigos que estaban en el bar le preguntaron que dónde iba con tanta prisa. “A contarlo”, contestó el torero. Mario Cabré, otro torero aunque de menor calibre en el albero, también probó la ambrosía sexual de Ava Gardner. Hasta El Fary, que entonces era un anónimo taxista que la esperaba a la puerta del Pasapoga en la Gran Vía, se atribuyó una de aquellas aventuras.
La más divertida, por mentirosa e inverosímil, era la que contaba un periodista de “Arriba”, señorito falangista a las órdenes del entonces director del periódico, Echarri, y de su cuñado Vicente Cebrián. De casta, ya ven, le viene a los diablos, aunque algunos sean podencos. Este pícaro periodista iba siempre empaquetado, muy bien vestido, peinado y oloroso, un conquistador de la época. Hoy nos causaría hilaridad la pose física y química de aquel señorito que contaba sus amores con Ava Gardner como si, en realidad, hubieran tenido lugar alguna vez. Sus hijos, escritores mediocres, pícaros y gatos (hijos de gatos cazan ratones, no lo olviden), presumen de padre, pero tapan que fue falangista predilecto del régimen en el que nacieron y vivieron, y reactivan cada vez que pueden la mitología paterna como si fuera un blasón de gloria. Así les luce el pelo: como si ellos mismos hubieran vivido la experiencia.
En los tiempos glorioso del Oliver, cuando las noches se hacían interminables hasta la mismísima madrugada invernal, llegaba al antro del que algunos noctívagos profesionales habíamos tomado posesión la Ava Gardner española, Charo López. Llegaba al Oliver bien entrada la noche, a lomos de una moto espléndida patroneada por un motero que le servía de chófer, exhibición y compañía. Nosotros, que la queríamos y deseábamos tanto, nos conformábamos con que de vez en cuando, durante alguna hora de esa misma noche, viniera a vernos al lugar donde estábamos y se sentara con nosotros un rato. A hablar, a hacer que nos quería: tal vez a querernos un poco. Toda aquella época dio lugar a comentarios idiotas: cada cretino se atribuyó amores con Charo López y, hasta hoy, hay quienes siguen soñando con aquel golpe de suerte que jamás se dio en su experiencia. Una noche hubo una fiesta en casa de José Luis Martín Prieto. Hubo champán, de todo y, sobre todo, caviar iraní. Ahí vimos a Joaquín Leguina, aquella noche, dándole algunas cucharaditas de caviar a Charo López, toda de negro, maquillada a la perfección, con una labios botados (como dicen los cubanos) que nos mataban de angustia a los estetas. Ella se fue al amanecer. “Me voy a rodar”, dijo. Estaba haciendo una película con no sé quien, pero de aquella fiesta salió un rumor más que sospechoso: que el político, en ese momento Presidente de la Comunidad de Madrid, y nuestra particular Ava Gardner tenían un “affaire” amoroso, confirmado -según decían las lenguas de la Villa y Corte- con aquella delicadeza con la que Leguina le servía en cucharadas el caviar a Charo López. Todo eso, como lo de la Ava Gardner de verdad, ha quedado en el aire, en la leyenda urbana que todos llevamos en la memoria. A mí me pasa una cosa rara: el calor, y se es excesivo mucho más, me activa la memoria de ciertos episodios que, entre baño y baño de piscina, me hacen reía a carcajadas. Con una botella de buena sidra asturiana en la mano, bien fría en medio del calor, repaso el archivo de mi memoria y veo que está vivo del todo: como el de un hombre de cuarenta años en plenas facultades mentales.
Por eso me acuerdo ahora, cuando se han publicado la conversaciones secretas de Ava Gardner en Estados Unidos, de aquellas aventuras de la diosa loca y genial. Y llevo en mi recuerdo a Charo López, nuestra Ava Gardner particular, una gloria inolvidable que todos tuvimos cerca muchas noches, pero que no consta que ninguno de aquellos frecuentadores del Oliver haya catado nunca. Salvo, ya lo he dicho, los cretinos que se atribuyen aventuras que nunca han vivido. Como aquel señorito falangista, Martínez era su primer apellido, que se inventó nada menos que una aventura con Ava. Ojos que te vieron ir por esos mares adentro…

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