Cuando los dioses escribían como los dioses

Hubo un tiempo en que se sabía quiénes eran los dioses de la literatura por la manera en que escribían: como dioses. Había poca discusión, en todo caso el debate adquiría los ribetes de una conversación sobre la excelencia, no se hablaba nunca de si tal dios vendía más o menos, y a nadie se le ocurría afirmar que tal dios vendía más o menos que otro dios de los que eran considerados dioses por su forma de escribir. Eran dioses nada más leer sus palabras escritas y el resto era admiración, perplejidad o silencio. Hoy cualquier mindundi dice que es un dios, cualquier majorette de la cultura decide quien es dios o quien no, y cree que manda en el Monte Olimpo de la literatura porque sus patrones mediáticos o editoriales le otorgan un poder temporal donde se le nota al tal chancho su naturaleza primordial: premia a los buenos, los suyos, y castiga a los malos al infierno, al frío de la intemperie o a la muerte civil. Nada de eso le sale bien al mindundi, sea el quien sea, pope de provincias o cola de león. Sucede que el tiempo es un gran cabrón y, aunque tarde, sitúa a cada uno en su lugar, las cosas van sucediendo según la trama secreta que el Gran Arquitecto, dueño de la física cuántica, ha proyectado desde más allá de la inmensidad eterna, y al final todo está en su sitio. Hasta el cataclismo resulta natural para los dioses y los mortales.
Tuve un amigo, el más mentiroso que conocí nunca, que era un dios cada vez que escribía. Escribió poco, pero pudo haber sido uno de los grandes dioses de la literatura en lengua española. “Esto de escribir no da dinero, lo dejo”, me dijo un día sin ninguna pena por abandonar un camino que había iniciado con brillantez. Era, él mismo, Felipe Mellizo, un personaje de novela al que no le sobraba ni faltaba nada para serlo. Tenía todas las características del mentiroso que inventa más allá de la realidad una realidad que no ve la mayoría. Su mayor logro está escrito en un libro de relatos: un cuento inventa un Londres inexistente que sólo figuraba en la cabeza del escritor, pero que resulta, al leerlo, mucho más mágicamente verosímil que la realidad londinense de todos los días. Se inventaba una historia por día y la relataba verbalmente una y otra vez, hasta aprendérsela de memoria y repetirla sin parar, enriqueciéndola con nuevos detalles inventados que convertían la narración de la mañana en otra muy distinta a la que relataba ya por la noche. Un día me contó que su hermano Carlos lo había llamado desde California para decirle que había tenido un largo sueño erótico con una actriz española a la que todos quisimos más que a Glenda. “Esta vez ha tenido que sentirlo”, contó Felipe que le contó su hermano Carlos. El relato terminaba con una llamada de Mellizo a la actriz para preguntarle si había sentido en Madrid el sueño californiano de su hermano. Naturalmente, la actriz, maravillada, afirmaba gozosa haber tenido el mismo sueño que Carlos Mellizo en California. El tipo lo contaba con tanta pasión y tanto ahínco que terminaba convenciendo a todo el que lo oía de que el relato era verdad. Atravesé en los momentos de mayor cercanía con Mellizo una mala situación económica, una ruina. “¡Estás entrampado hasta arriba!”, me decía el cabronazo todos los días. “Me lo dijo Chencho el otro día”, añadía. Chencho era Inocencio Arias, que debía saber que yo estaba entrampado. Para Mellizo estuve entrampado hasta el final de sus días. Me esperaba a veces en la entrada del pueblo donde los dos teníamos casa. Me hacía detener el coche e ir con él a un hotel cercano a vaciar un par de botellas de vino. Ahí descargaba relato tras relato, mentira tras mentira, inventado como un dios al que la literatura había tocado con una varita mágica y él había despreciado el milagro porque eso no daba dinero. Cuando con frecuencia me encuentro hoy con algunos jóvenes escritores que quieren ser dioses de la literatura, siempre les cuento el relato de Felipe Mellizo. “Tenía razón”, les digo, “esto no da dinero. Más tarde o más temprano, el que escribe por dinero deja de ser un dios de la literatura y se convierte en un comerciante. Y no es lo mismo soplar que hacer botellas”. Claro que cada uno escarmienta en cabeza propia, y mientras no ve las dificultades de ser un dios verdadero de la literatura todo el mundo cree que tiene derecho a serlo. Hasta los náufragos tienen derecho a contar su epopeya de supervivencia.

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