Escribir con mala leche

Javier Tomeo, recientemente fallecido, lo afirmaba y, a las primeras de cambio, lo confirmaba: hay que escribir con mala leche. O dicho de otra manera, sin mala leche no se puede escribir. O, en fin, hay que tener muy mala leche para dedicarse a escribir. No me gustan los maximalismos, pero algo de eso ahí. Supongo que Juan Ramón Jiménez tenía tanta mala leche en persona como delatan sus escritos. Y por citar a otro poeta de los grandes: José Ángel Valente. Sobran las palabras. Sin embargo, Tomeo en muchos de sus libros es un humorista, que como todos sabemos es un tipo que usa el humor para sacar su mala leche en los escritos y en lo que todavía no está escrito. De Francisco Ayala se llegó a decir que el gran secreto de su longevidad no era el que él proclamaba a los cuatro vientos (“dos güisquis al día y ni un minuto de gimnasia), sino la mala leche que describía su propia personalidad. Este es un país, y una lengua, que a veces, y creo que por mala leche, define mal. Se dice vividor para decir bon vivant; se dice licencioso cuando se quiere decir sin principios; se dice mala leche cuando en realidad, en la mayoría de los casos, se tendría que hablar de ingenio. Conocí en su tiempo a Juan Antonio Gaya Nuño, gran tipo, “pero”, como decía la gente de la literatura, “de una inmensa mala leche”. Hombre, digo yo, según contra quien tiraba. No olvidemos que lo tuvieron encarcelado en un cagadero de vacas (perdón por la licencia) durante muchos meses, en plena guerra, lo que le arruinó pies y músculos, hueso y médula. Y, entonces, Gaya Nuño exhibía una mala leche inmensa contra el franquismo… Hombre, ¿qué querían que exhibiera, un cariño tremendo o una amabilidad sin medida? Tomeo tiene parte de razón: la mala leche, que no es otra cosa que la bilis que se cumula en el alma del escritor porque no le gusta el mundo en el que vive, puede hacer una gran escritura. Las buenas intenciones no siempre provocan un cambio en el mundo, sino que pasan inadvertidas para la inmensa mayoría, como si no fuera con ellos. Tomeo tiene bastante razón al decir que escribir con mala leche es necesario, sobre todo a aquellos que tienen motivos para tener, además, mala leche contra algunos piojitos, enanos morales y gentes que andan por ahí vestidos de faralaes o majorettes en todas las fiestas y saraos. Y, como vamos a peor la mejoría (así dicen en mi tierra cuando las cosas no sólo no van bien, sino proa al marisco, fatal, por decirlo como una sola palabra), no me queda más remedio que darle en bastantes cosas a los escritores que escriben con mala leche y lo confirman en sus escritos, como es mi caso personal. Por cierto, ¿no quedamos en que la escritura es una especie de psicoanálisis y que ahí debe salir todo, hasta la oscura bilis que la cólera de Aquiles llevó a la epopeya? No sé si Hemingway escribió con mala leche o no, pero personalmente tenía la suya, la suficiente como para tomar un avión en Rancho Boyeros, volar a Nueva York, desembarcar en La Guardia, tomar un taxi, entrar en un restaurante en Manhattan, darle un puñetazo al crítico que había escrito, también con fina mala leche, un texto contra una de sus novelas, y volverse a La Habana, después de haber cumplido con su deber y dejar el honor en el lugar más alto del mundo: en la barbilla de un crítico literario. Tengo para mí que la mala leche es una parte del rencor memorioso que el escritor desarrolla a lo largo del tiempo para ser escritor. Si no, que se lo pregunten a Jorge Luis Borges, que -como todo el mundo sabe- no tenía mala leche sino toneladas de talento literario y vital (por eso repartía mandobles verbales a diestra y siniestra, sin apenas inmutarse, así es la vaina entre los mala leche). El asunto es que Tomeo había llegado ya a una edad respetable y la mala leche la había convertido en ingenio literario, lo que suele ocurrirle a la gente inteligente en cuanto traspasa un cierto tiempo sobre este valle de lágrimas, tan minúsculo y sufrido como feliz e indocumentado.

Me quedo con la memoria de Tomeo, en Lisboa, durante una comida con Rafael Conte, en un restaurante de la Plaza del Comercio. Sardinas y vino blanco. Una delicia de almuerzo. A carcajadas con las cosas de la vida. Y, desde luego, a mandoblazos verbales, y con bastante macha leche, con la legión de mediocres que aquel día se nos vino a por la boca. Como si estuviéramos escribiendo… o en un psicoanálisis.

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