Los zapatos de Juan Rulfo

Uno de los episodios más humanos de los muchos que tuvieron lugar en el Congreso de Escritores de Canarias, en junio de 1979, es el que hace relación a Juan Rulfo, el gran escritor mexicano. Llegó a Canarias con lo puesto, muy modestamente. Fumaba y bebía Coca-Cola, pero hablaba muy poco, con monosílabos apenas audibles. sin embargo, todo el mundo quería estar con él. Era afable, muy cercano, hablaba poco de literatura (lo que era muy de agradecer) y resultaba muy gratificante hablar con él aunque fuera poco y a rastras de lo que él dijera. En aquellos días, le pregunté más de tres veces si iba a escribir alguna cosa más en el futuro. Me dijo y repitió el título de una novela que nunca hemos visto y ni siquiera sabemos si era verdad que la estaba escribiendo: “Días de floresta”. Rulfo vino desde México, vía Madrid, hasta las islas del sur en clase turística, en avión, claro, y pareció siempre muy contento de estar en el Congreso. Reencontró en el Hotel Iberia, donde estábamos la mitad de los escritores del Congreso hospedados, a uno de sus grandes amigos, Juan Carlos Onetti, que nos presidía a todos con su resonante ausencia, porque apenas salió de su habitación, su suite, donde agarraba grandes melopeas antes de tomar unas determinaciones que siempre fueron lúcidas. Se encontraron los dos Juanes, Rulfo y Onetti, y apenas se hablaron: sólo fumaban y bebían, se miraban, asentían, y era que el lenguaje de los gestos reconocía las palabras del humo que salía de sus cigarrillos. Y era también su manera de comunicarse entre ellos. Yo no vi esa escena, que no vio sino Nélida Piñón, la novelista brasileira, y por casualidad. Después, muchos otros han escrito sobre ese encuentro como si lo hubieran visto, como si hubieran estado presentes y no, no estaban estaban lejísimos, de modo que no pudieron ver aquel encuentro mítico que tantas resonancias literaria ha tenido hasta ahora.

Cuando acabó el Congreso nos vnimos todos a Madrid, y Pepe Esteban se ocupó de Juan Rulfo durante unos días. Lo paseó por Madrid, lo llevó al metro, lo llevó al Prado, lo invitó a Coca-Cola y a hablar de su próxima novela, de la que siempre dijo que se titularía “Días de floresta”. Seguramente, y es una cábala más, tendría que ver con la fiesta de los muertos, el alcohol, México, y tantas cosas que se han escritor de una y otra manera y que nunca dejan de ser escritas por generaciones, como si ese misterio de los muertos no acabara nunca. El caso es que yo había conocido a Rulfo en el Colegio de México, junto a Ramón Xirau, y nos habíamos caído muy bien, y otro día, en que Rulfo no estaba, en casa de Taibo, en pleno Distrito Federal, hablaban melifluamente muchos escritores y salió Juan Rulfo en la conversación. Todos estuvieron de acuerdo en que “Juan” no sabía mucha literatura, pero entonces intervino García Márquez, que había guardado silencio en todo el tiempo, y dijo que “Juan” no sabría literatura, pero sabía hacerla mejor que todos los que estaban allí. Hubo un silencio demasiado oprobioso durante algunos minutos, y es un recuerdo que no olvido a la hora de hablar o escribir de Rulfo. De modo que Pepe Esteban se había hecho cargo de Rulfo y lo paseaba por Madrid, exactamente por la Gran Vía, subiendo hacia la Red de San Luis, por la acera de la derecha. Entonces Rulfo se quedó parado, hipnotizado, quieto como un muerto pero con los ojos brillando de deseo, delante de un escaparate de zapatos, delante una zapatería. Pepe Esteban esperó a que Rulfo respirara, unos minutos más, tarde, y le preguntó si le gustaban algunos zapatos de aquellos. Poco después, Rulfo señaló unos mocasines marrones muy bonitos y dijo que a él le quedarían espléndidos pero que seguramente no tendría dinero para comprárselos. Esteban miró los zapatos que Rulfo llevaba puestos y dedujo que el mexicano necesitaba urgentemente cambiar de calzado. “Yo te los regalo”, le dijo Esteban a Rulfo. Me cuenta de cuando en vez Pepe Esteban que los ojos de Rulfo se llenaron de lágrimas de emoción que, después que se probó y puso sus nuevos zapatos italianos, parecía un dandi, llevaba otro paso por la Gran Vía, como de pasodoble bailable. Yo recuerdo esta anécdota cada vez que hablamos de escritores, congresos y Rulfo. Y me lo imagino por la Gran Vía arriba bailando con sus nuevos zapatos como Fred Astaira en “Bailando bajo la lluvia”. Nos quedamos sin “Días de floresta”, pero tuvimos a Rulfo unos días con nosotros. Nunca lo olvidaremos.

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