Galdós y Pildain

El obispo, Antonio Pildain Zapiain, vasco y nacionalista, quiso dividir en dos, por sexos, la Playa de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria, para que los pobres mortales no sufrieran tentaciones ni del cuerpo ni del alma en viendo a sus semejantes ligeros de ropa, sudorosos del sol y mojados de la sal marina. El obispo Pildain no quiso que se abriera la Casa-Museo Galdós en la calle Cano de la ciudad en la que nací: Galdós era un hereje, un anticlerical, un librepensador peligroso. A decir verdad, poca gente, de arriba y de abajo, movió un dedo para luchar contra el obispo y abrir al público la casa de Galdós, pero hubo una persona, con cintura política, con clase e ilustración, capaz de hacerlo: Alfonso Armas Ayala, llamado cariñosa y domésticamente el Padre Las Casas, precisamente por su preocupación por abrir los museos y casas de los ilustrados y escritores insulares con méritos suficientes para que la memoria del país se adhiriera a ellos. Pildain perdió y la casa de Galdós se abrió al público gloriosa y religiosamente hace ahora cuarenta y nueva años. Lo recuerdo muy bien, porque Pildain montó en cólera y amenazó con excomulgar a las autoridades franquistas que hicieron posible el sacrilegio de la apertura. Todo un número esperpéntico, propio de aquellos tiempos cerriles y oscuros de la dictadura.
Desde entonces, en la Casa de Colón y en la Casa de Galdós vienen celebrándose los congresos galdosianos, de los que este año y hace una semana se cumplió el X. Me alegró mucho ver allí al profesor Rodolfo Rudy Cardona, el viejo amigo que con 90 años de edad, alto como un palo erguido, tiene un parecido con Galdós asombroso. En Cardona hay algo de ósmosis galdosiana, de tanto estudiar al novelista española se le ha puesto cara y tipo del autor de “Misericordia”. Su lucidez intelectual es envidiable y cuando me dijo que iba a cumplir en un par de meses 90 años no dudé en decirle que ” se los cambiaba sin verlos”.
En mi plenario dije que el novelista español coetáneo que me parecía más felizmente galdosiano era, sin duda, Rafael Chirbes; sus “Crematorio” y “En la orilla” lo señalan así, pero no fui yo sólo quien señaló a Chirbes como gran seguidor de Galdós, tal vez de forma inconsciente, sino otros muchos asistentes al congreso en sus respectivas ponencias. Claro que salieron a relucir otros nombres y otras obras, desde Antonio Muñoz Molina y Pérez-Reverte, hasta Almudena Grandes, cuyo galdosiana manera de contar es tan obvia como innegable.

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Ahora celebramos la gloria literaria de Galdós en su casa natal, pero no siempre fue así. Olvidado por los suyos, los insulares, durante muchas décadas, Galdós tenía en las islas, y sobre todo en su ciudad, el cartel de mal hijo de Canarias, porque se había marchado a Madrid con una leyenda negra que todavía no se ha quitado de encima: “De Canarias, ni el polvo”, dicen que dijo en Cádiz sacudiéndoselas zapatillas e imitando a Santa Teresa. Tenía 19 años de edad y llegaba a la Península para no dejar ni un minuto de escribir como un poseso, como un enfermo de escritura literario, acosado por las deudas (como Balzac) y movido por una tremenda fiebre de denuncia social (como Zola). En su época, la literatura español se dividía en galdosianos y antigaldosianos, y estos últimos ganaron la partida e influyeron para que Galdós no fuera Premio Nobel. ¿Cómo se influye para eso? Con las mismas armas mezquinas que influyeron para que no se lo dieran a Borges o retrasaron peligrosamente el Nobel de Vargas Llosa, de quien me atreví a decir en el X Congreso que también es galdosiano, en la conciencia crítica, en la enfermedad “solitaria” de la escritura y, a veces, incluso en la misma escritura. No se asusten: no levanté escándalos por nada de cuanto cuento, ni controversias ni debates excesivos. Al contrario, casi todos los profesores galdosianos estuvieron de acuerdo con mis notas, lo que por una vez me congratuló sobremanera. Entra uno ya en edades que no pueden permitirse escandaleras cotidianas, un consejo que siso del sabio Francisco Ayala, sin duda galdosiano, como lo fueron Buñuel y Bergamín, como lo fue toda la Generación del 27, luego de lapidar durante muchos años la literatura y la figura literarias de don Benito. Así es, si así os parece. O, como diría todavía hoy el obispo Pildain (Zaldúa en mi novela “La playa”, in progress), sit transit gloria mundi. Hoy la Casa-Museo Galdós es un espacio de libertad de pensamiento y de literatura encendida y viva. Tal como seguramente hubiera querido siempre verla el gran Benito Pérez Galdós.

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