Sartre en calzoncillos

En mi primera juventud, apenas terminada la carrera universitaria y ya de nuevo en mi tierra, Las Palmas de Gran Canaria, asistía a una reunión “clandestina” a la que yo llamaba el Club de los Comunistas Perdidos porque todos o casi todos eran comunistas sin remisión. Eran poetas, trabajadores, oficinistas, pero sobre todo comunistas, entregados a la causa soviética como soldados a la guerra, lo que les permitía estar siempre en posesión de la “verdad” y, al mismo tiempo, emborracharse con whisky y coñac hasta acabar la reunión. Ese encuentro era semanal y yo aprendía mucho de ellos, que podían ser por la edad cada uno de ellos mis padres, aunque felizmente no lo era ninguno. Se ponían a hablar toda la reunión como si ellos fueran los reyes del mundo y una vez trataron, en una de sus discusiones (a las que yo atendía como un alumno que quería aprenderlo todo) a Sartre de Jean-Paul. Que si Jean-Paul por aquí, que si Jean-Paul por allá. Entonces alguno de ellos me preguntó, en medio de la tarde y el debate, si yo había leído a Jean-Paul. Por no mentir dije que había leído algunas páginas de “La Náusea”, “¿Qué es literatura?”, algunas pocas páginas de “El ser y la nada” (donde me quedé más en la nada que en el ser) y, desde luego, algunas páginas de “El idiota de la familia”. Me explayé con ellos: había leído esos libros de “Jean-Paul” por consejo de Emilio Lledó, que había sido profesor mío en la Universidad de La Laguna y a quien seguía viendo de vez en cuando. Añadí que Sartre no me había gustado gran cosa, que me parecía falso, así les dije, falso, que era un incoherente que llevaba una vida de sátrapa sexual en París y que luego en sus libros nos exigía coherencia a todos nosotros. Literalmente, traté de dejar a “Jean-Paul” en calzoncillos delante del Club de los Comunistas Perdidos. Como pueden ustedes suponer, se escandalizaron mucho y me reprocharon que no hubiera estudiado con más inteligencia los textos de “Jean-Paul”. Ellos repetían Jean-Paul al hablar de Sartre y yo veía al filósofo francés, falso, vendedor de humo y muy feo, sentado en el Café de Flore, allí, en Saint Germain de Près perorando como si fuera dios y yéndose luego a acostar con sus alumnas más ingenuas. “Es un viejo cabrón”, me atreví a decir en plena discusión sobre “Jean-Paul”.

“A mí me gusta mucho más Camus”, añadí. Se quedaron entonces muy asustados y volvieron a preguntarme que había leído de “Albert”. “Bueno, todo”, les dije casi de sopetón. Uno de ellos sacó la mirada de la reunión y puso su atención en la barra del merendero Las Torres, en las afueras de la ciudad, que era donde estábamos y donde nos reuníamos con frecuencia semanal, como ya creo que he dicho. Otro intentó un tartamudeo y otro se me quedó mirando fijamente. Como preguntándome en silencio si yo les estaba tomando el pelo. “Y no veo razón para que ustedes”, dije después, “traten a Camus de Albert. Con Sartre, como si lo quieren dejar en calzoncillos, pero de Camus podemos discutir hasta el amanecer”.
No nos amaneció porque uno de los poetas se puso de repente a hablar de Salvador; que si Salvador era un fascista, un burgués, un sinvergüenza; que si Federico viviera; que si Rafael llegó a sospechar como era Salvador: Claro, pueden imaginárselo: estaban hablando de Dalí y de la Residencia de Estudiantes, pero ahí, de verdad, ya no quise entrar, porque no tenía confianza ni con Salvador ni con Federico, por mucho que hubiera leído a García Lorca. Todos los miembros conspicuos del Club de los Comunistas Perdidos fallecieron de forma natural, aunque un poco antes del tiempo que les hubiera correspondido. “Los sufrimientos, la causa, la frustración”, me dijo un día las viudas de uno de ellos, cuando me la encontré en la calle del Poeta Tomás Morales. Los recuerdo a todos con añoranza, tal vez porque siento añoranza de aquellos años en los que contra Franco vivíamos mejor y estábamos seguro de estar en la verdad, la verdad soviética, que le ringa la guasamandrapa, mis amigos, aquella cosa del Muro de Berlín que se cayó estruendosamente, aquella cosa de moscovitas irredentos que se desmerengó sin remedio y se nos vino encima, nos quedamos sin enemigo y comenzamos a robarnos los unos a los otros hasta convertir este mundo en el infierno que vivimos. Tengo esa nostalgia del Club de los Comunistas Perdidos porque tampoco ya hay bebedores como ellos, gente que puede perder la vida defendiendo una idea, aunque ésta sea equivocada. Gente, en fin, inolvidable, que trataban a Sartre de “Jean-Paul” y a Camus de “Albert”. Nada más y nada menos.

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