Continuidad del asesino

La encuesta empezó un lunes, celeste y tragos, en las lentejas del Gijón. Pregunté a todos los comensales cuál era para cada uno el mejor cuento de Cortázar. “Continuidad de los parques”, contestó al instante Juan Carlos Chirinos. Le di la mano: también era mi preferido. “El asesino es el mayordomo”, añadió ante mi asombro Chirinos. “¡Como en las novelas de Agatha Christie!”, lo piqué. “Lo sé”, explicó, “porque los perros no ladran. Conocen al asesino”. Siempre había pensando, al leer y releer “Continuidad de los parques”, que no había asesino, que quien mata al lector que acaba muerto en el cuento es un enigma sin resolver. “No”, añadió Chirinos, “¿a qué viene la pelea del principio con el mayordomo por aquellas minucias de aparcería?”. Tanto a favor de Chirinos. La encuesta dio para todo. Algún comensal dijo que el asesino era lo menos importante del cuento, porque lo verdaderamente importante era el mismo cuento y la raya invisible donde se reúnen en el texto realidad y fantasía. “El detalle fantástico”, dije, “eso es lo importante”.

Pero puede, añadí, que no haya asesino porque es el mismo lector que lee el cuento el que se suicida en el mismo cuento. Ahí quedó la cosa hasta la semana pasada. Cenando con Liliana Tabakova, Eva Guerrero, Amir del Valle, Ricardo Sumalavia, Vargas Llosa y algunos profesores más, surgió el asunto. Estábamos en Sofia, Bulgaria, en un debate universitario sobre la literatura del peruano y en la noche, durante una cena en el Mediterráneo, una noche espléndida de polen y primavera, le pregunte de repente a Vargas Llosa que cuál era el cuento de Cortázar que más le gustaba. “El perseguidor”, me dijo. Le reclamé atención a “Continuidad de los partes”. “Está a la misma altura”, me dijo. “¿Y quién es el asesino?”, le pregunté. Le comenté las importantes incidencias del relato: la bronca del principio del cuento y que los perros no ladraron. “No ladraron”, me dijo Mario, “porque el asesino no entró desde el jardín, sino que salió de la misma ficción, del mismo texto”. Acertada intuición. Más tarde, un experto profesor búlgaro, experto en Cortázar cuyo nombre no recuerdo, entró a la cena y le pregunté de sopetón cuál era para él el mejor cuento de Cortázar. “Continuidad de los parques”, contestó. “Dime quién es el asesino”, le espeté con crueldad de fiscal. “No hay asesino…”, me dijo un poco asombrado. Él nunca había pensado en que ese relato tuviera un asesino escondido. Al contrario, como otros muchos lectores, me dijo que lo mejor del cuento era el texto y que no había que sacar conclusiones. Pero al mediodía del día siguiente, luego de mi diálogo con Mario en la Universidad de Sofia ante cuatrocientos alumnos, el profesor se me acercó. Me sonrió y me dijo que “el asesino es el lector”. “¿Qué lector, el que lee el cuento en el cuento, el mismo que es asesinado?”, le pregunté presuntuoso. “No, no,no”,me dijo, “el lector, cada uno de nosotros, el lector del cuento de Cortázar, nosotros somos los asesinos, cada uno de los lectores del cuento puede ser el asesino porque al leer el cuento el lector, no el lector-protagonista, sino el lector-lector del relato escrito, es quien decide quien mató al lector-protagonista”. Toda una lección que no me dejó convencido.
Ayer, en París, en una tertulia que se formó después de la mesa redonda que tuvimos en el Instituto Cervantes sobre el gran escritor argentino, volví a preguntar impertinente, y un poco pesado, por el mejor de sus cuentos. Hubo un par de participantes que trajeron a primer plano “Continuidad de los parques”. Cuando pregunté por el asesino del relato al principio se sorprendieron, pero después cada uno escogió el suyo. Recordé otra vez que los perros no ladraron porque no tenían que ladrar (porque conocían al asesino) y que hubo, al principio del relato, un detalle insobornable a la exégesis: la bronca entre el mayordomo y el dueño de la casa, el lector que muere en la lectura. Muchos se inclinaron por la tesis de Chirinos, que era la más al uso y clara, me dijeron. Otros estuvieron de parte de la tesis de Vargas Llosa, que el asesino no existe sino en la ficción, que es de donde sale. Conmigo, en la tesis del suicidio, no estuvo nadie. Como siempre, me quedé solo en mis propuestas, pero lo pasamos muy bien con paté de campaña y champán. Lo pasamos muy bien, Juan Manuel Bonet, Eduardo Ramos-Izquierdo, el propio Vargas Llosa, Jorge Edwards, Raquel Caleya y otras mujeres bellas e inteligentes que asistieron a la conversación y participaron de ella tal como Cortázar requería de sus lectores: que todos fueran activos en la lectura y en la interpretación de sus textos.

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