Crónica nada secreta de un homenaje exclusivo

Cuando a J.M. Caballero Bonald, uno de mis dos maestros literarios que siguen vivos, le dieron en el último noviembre el Cervantes de Literatura, la alegría estalló en todos los barrios donde la buena literatura y la lealtad vital estaban presentes. Lo llamé por teléfono inmediatamente, hablé con él, que estaba emocionado, y yo también, y le dije que la Cátedra Vargas Llosa iba a hacerle un homenaje único. Le di la fecha exacta en la que lo celebraríamos: el 13 de mayo de 2013, en la Casa de América, Madrid. Quedaban por delante cuatro meses, pero yo sabía que había que ponerse a trabajar al minuto siguiente de colgar el teléfono porque se me había ocurrido algo, en principio, muy difícil: que los cuatro Beatles españoles, tenores, o tonadilleras de postín, como ellos mismos se destacan, estuvieran en un escenario leyendo los poemas de Caballero Boland, los versos que cada uno por su cuenta eligieran previamente. Los cuatro Beatles eran y son nada menos que Luis Eduardo Aute, Juan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Miguel Ríos. Íbamos a contar en este acto con la presencia del propio Caballero Bonald, Vargas Llosa y Nélida Piñón, la escritora brasileña, adscrita a la CVLL.
Decidía hablar primero con Aute. Me dijo que estaba encantado y que aceptaba la invitación. Luego, en esa misma mañana de teléfonos, hablé con Miguel Ríos, amigo con quien había discutido mucho sobre el Real Madrid (los dos somos blancos madridistas); después hablé con Serrat, que mostró su gozo por participar en el acto. Finalmente contacté con el que me parecía más difícil, Joaquín Sabina, que también apareció de inmediato para afirmar que estaba muy contento de que se me hubiera ocurrido semejante “disparate”. Poco a poco, pasó el tiempo. Se iban celebrando los fastos del Cervantes, la comida tradicional en el Palacio Real, presidida por los Príncipes; la entrega del Premio en el claustro de la Universidad de Alcalá, con un gran discurso del premiado que ya he aplaudido en multitud de ocasiones. Y se acercaba el día del homenaje cuando empezó el mes de mayo en Madrid: con calor y nervios caminaba la cosa. De vez en cuando, estratégicamente, llamaba a uno o a otro de los Beatles, o le enviaba mail recordando que ya estaba cercano el día: no quería que se me escapara alguno por cualquier razón de última hora y que el acto quedara cojo.
Los dos últimos días fueron de infarto: la preparación del escenario, el orden del espectáculo, moderar los egos, quién lee antes y quién después; que todo saliera a la perfección. Además, ya sabíamos que se iba a provocar un overbooking del público y de los periodistas gráficos. Ese día opté yo mismo, que iba a llevar la batuta del acto, por “repentizar” (es decir, improvisar) cada una de mis intervenciones. Fueron llegando a la Casa de América cada uno de los invitados. En la calle, el público se apelotonaba y la fila para entrar en el recinto del homenaje daba la vuelta a la manzana del Palacio de Linares. Ahora se trataba de que todo cuanto ya estaba ordenado no se viniera abajo. Habíamos tenido una desgracia un día antes: había muerto en Barcelona Constantino Romero, la voz de Clint Easwood en el “doblaje” al español de sus películas, y era íntimo de Serrat. Él vendría pero tendría que marcharse de inmediato a Bercelona para asistir al velorio de su amigo. Todo salió a la perfección. Los Beatles leyeron, aunque Aute lo hizo con música enlatada desde México. Todos estuvieron a la altura de lo mejor: eran los mejores y venían obligados a hacer el homenaje al amigo mayor. Al final, Caballero Bonald agradeció el homenaje a la CVLL y a la Casa de América, a Vargas Llosa y a cuantos estaban allí, más de cuatrocientas personas, en el interior del auditorio Gabriela Mistral. Leyó la última estrofa del gran poema que da título a su último hasta ahora libro de versos, “Entreguerras” y el homenaje acabó con Caballero Bonald muy abrumado por la emoción y el público puesto en pie con su aplauso.

Después nos fuimos los amigos, unos cuarenta, a celebrar con unos tragos el homenaje a Caballero Bonald. Y hasta las dos de la mañana estuvimos cantando rancheras y contando anécdotas a gritos en el Buenaventura de la calle Hermosilla. Fue un día perfecto que habíamos diseñado cuatro meses antes y fuimos perfeccionando poco a poco durante esos mismos cuatro meses. Yo sentí ese éxtasis de satisfacción del organizador que imagina lo imposible y, tiempo después lo ve realizado en plena vida con una estela de aplausos. Fui feliz viendo felices a los demás. Y me congratulé una vez más de tener los amigos que tengo, a mis años y con tantos enemigos…

jfdghjhthit45
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.