Relaciones públicas

Es una carrera de moda en la prensa y en el mundo cultural: las relaciones públicas. Alguien me recordaba el otro día, no sé en qué momento de una conversación muy interesante, que Orwell mantenía que el periodismo es aquello que muchos no quieren ver publicado ni que se publique nunca. “El resto”, añadía Orwell, ” son relaciones públicas”. A veces caemos en ese pecado, pero ¿en relación con quién o quiénes? Conocemos poetas que han elaborado su “prestigiosa carrera literaria” amarrándose literalmente a las relaciones públicas: siempre sonrientes con el fuerte e intransigentes y despectivos con el débil. Encima, como un bombón de fresa y como colofón del ridículo, se reclaman de izquierdas sin paliativos. Conocemos gentes del periodismo cultural que lo único que han hecho a lo largo de sus vidas más bien vacías de contenido es cultivar las relaciones públicas: tú me lees y yo te hago una entrevista en mi periódico, que es muy importante; yo te hago la entrevista a doble página, que tengo poder para eso, y tú me das un poco más allá en el tiempo ese premio prestigioso que tiene tu editorial y que a mí me gusta tanto. Conocemos novelistas que han llevado sus relaciones públicas a tal disparatado estado que les dan a los “comerciales” editoriales tres finales de cada uno de sus novelas para que ellos, que saben de ventas, sepan también terminar la novela de la mejor manera para las ventas. Conocemos demasiadas cosas de las que había que hablar cara al público que nos lee, pero nos conviene más negociar nuestras relaciones públicas (una nota de lectura, una sonrisa, son las diez de la noche, hay un olor floral que ahuyenta a los fantasmas, y toda esa llamada enumeración caótica que en definitiva viene a definir lo que somos por lo que escribimos). Al díscolo se le expulsa hasta los circuitos cerrados del infierno, del silencio o de la muerte civil y literaria.
Una vez uno de estos mindundis expertos en relaciones públicas me llamó por teléfono para explicarme que lo que yo había dicho esa mañana por la radio había que ponerlo en duda; que él sabía que yo no sabía lo que parecía saber y que estaba dispuesto a enseñarme lo que sabía a cambio de su simple cercanía conmigo. Y de la mía con él. A este mindundi, que lleva tratando de ejercer y ejerciendo de relaciones públicas de lo políticamente correcto(sumisión ante el patrón; ataque indiscriminado a los más débiles, y a los que no son de los nuestros) y de policía del mundo intelectual, hace rato que se le están viendo por todos lados las costuras de su impostura: la de querer ser crítico de la cultura sin romper siquiera un cristal de la vajilla: sólo relaciones públicas, sonrisas a tres bandas, galletas de limón para los amigos, para los que son de los nuestros, y azufre infernal para los que no son amigos sino sospechosos de querer quitarnos nuestra intocable poltrona.

Vale lo mismo lo que digo para la llamada crítica literaria. A un crítico literario, con el que se puede no estar de acuerdo en sus criterios, lo echan de un medio cultural importante porque, después de leer una novela de un niño mimado de ese mismo medio, lo que hace es darle un palo. Simplemente porque le parece, con toda honestidad, que la novela es mala. Resultado: a la calle. El llanto por el golpe serio del crítico todavía resuena en los valles culturales. ¿De cuántos críticos literarios puede decirse lo mismo? De pocos. Hay un pacto tácito en este país para que la polémica y el debate no tengan lugar en ningún sitio, y para matar al mismo tiempo a todo aquel díscolo que disienta del discurso político-intelectual de los nuestros. Y, nosotros, ¿los versos sueltos, los francotiradores, los díscolos sospechosos de todos los crímenes y lapidaciones? El otro día se me quejaba un amigo de otro porque éste le había visto hablar con otro amigo, éste último de derechas, y el primero de todos le había reprochado duramente que hablara con aquel reaccionario. A esto le llamo yo sectarismo, sobre todo cuanto el policía izquierdista es capaz se sentarse con Rajoy o con Aznar, y eso consta, o con algunos de sus hombres para venderle miles de los muchos de los libros invendibles que publica no como editor, precisamente, sino como lo que venimos en llamar “relaciones públicas”, una especie de horror corrupto que sin embargo en esta España de la corrupción total se ha vuelto intocable. Yo lo dijo Tamara Rojo, que va por libre porque puede hacerlo: “En la cultura también hay corrupción”. Y tanta. Y silenciarlo es de expertos en relaciones públicas, esa bazofìa mafiosa y mediocre que nos inunda.

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