Vivir en una isla

Un actor mediocre, que vive en España de las migajas que le das sus colegas del cine, decide marcharse a vivir a una isla especial: Cuba. Un isleño de gran resonancia, cubano que vivió en Cuba toda la vida, decía que a veces lo dominaba el síndrome del agua por todas partes. El padre del actor mediocre era isleño de Canarias y vivió casi toda la vida en donde ejerció de traumatólogo durante muchos años. Su hijo, comunista de perfil caviar, se va ahora a vivir a Cuba dicen algunos que por coherencia con sus propias ideas: porque cree que allí se respira la verdadera libertad. Anunciar el actor mediocre en la televisión venezolana del régimen chavista que se iba a vivir a Cuba y convertirse asombrosamente en noticia principal de las páginas de cultura de los medios informativos fue todo uno. Y las redes sociales comenzaron a piafar, a favor y en contra de la decisión de un actor que es precisamente historia del cine, sino un escandaloso ahíto de vanidad cuyo protagonismo enfermizo lo hace ser noticia de cualquier asunto político o de cualquier asunto social. De cualquier cosa, menos ser noticia por su trabajo de actor mediocre.

Yo me voy a quedar a vivir para siempre, y que sea por muchos años, en esta isla de libertad que, con todas sus limitaciones y errores, es el mundo occidental y la democracia podrida que vivimos. Prefiero una democracia podrida y corrupta que una dictadura, que siempre es la corrupción perfecta, sea de izquierdas o de derecha. En Cuba, el actor mediocre tendrá privilegios que se le conceden a quienes tienen el rango de “técnico extranjero”, título que el castrismo oficial otorga a los no insulares cubanos que han mostrado suficiente sumisión dictatorial y pueden tener la carta de crédito de privilegiados. En mi tierra canaria suelen decirlo muy claro, en estos y en otros casos: si te quieres dir, dite, pero so pa dirme y la volverme, no me diba. Pero la diva mediocre escoge el mejor camino de disolverse en el anonimato interior cubano, rodeado de nomenklarura en los festivales de música, en las reuniones intelectuales y en los certámenes cinematográficos. Tendrá, sin duda mucho trabajo. Verá, por fin, de cerca la dureza de la vida en una dictadura y podrá ascender en el escalafón de su propia mediocridad los cargos que le quedan -pocos- para llegar a la nada más absoluta.

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