Una página de mi memoria cubana

Acaba de morir en La Habana uno de mis amigos castristas: Alfredo Guevara, creador de ICAIC y del Festiva del Cine Latinoamericano de La Habana. Era íntimo amigo de Fidel Castro, que lo salvó -fíjense qué parajoda, como diría Cabrera Infante- de caer en las garras de su propio régimen gracias a su pública complicidad. Guevara era un exquisito: lo que yo llamo un cardenal ateo de la cultura y la vida. Tuvo una vida llena de privilegios y sobrevivió, como antes he dicho, a las purgas caprichosas de su amigo el sátrapa cubano. Al final se fue del aire de manera natural. Los años cargaron sobre su resistencia física y acabó donde todos terminamos tarde o temprano. Conocí a Alfredo Guevara en La Habana, como no podía ser menos, de la mano de Teddy Bautista, en un lujoso desayuno en el Hotel Cohiba, hace ya más de veinte años. Allí, incomprensiblemente, nos hicimos cercanos y cada uno, de manera tácita, decidió respetar en todo lo posible la postura encontrada que cada uno teníamos con respecto al otro.
Un día, entre los muchos que he pasado en Cuba, Gloria López, mexicana que ocupaba el cargo de Delegada de la Unesco en América Latina con sede en La Habana, nos invitó a varios amigos a comer en su residencia de Cubanacán. Entre los comensales estaban el editor Chus Visor y el escritor español Luis Racionero. Recuerdo que tomamos vinos chilenos y pasta italiana. “Aquí, en La Habana todo el mundo come pasta”, dijo Guevara en un momento determinado. Esa noticia me perturbó, porque yo sabía la cantidad de gente que pasaba hambre de verdad en Cuba y que, desde luego, ni siquiera había probado la pasta jamás. A nosotros nos sobraba. Tal vez Guevara se refería a la élite, a la nomenklatura revolucionaria, que siempre tuvo y tiene de todo en aquella especie de falso socialismo que es el castrismo.
En el segundo plato, ya en plena complicidad, Alfredo Guevara me preguntó que cómo estaba Guillermo. Se refería a Guillermo Cabrera Infante, que había sido en tiempos muy amigo suyo y que era y fue siempre muy amigo mío. Yo recordé entonces el cuento de Cabrera titulado “La culpa fue del cha-cha-chá”, cuyo protagonista es, sin duda, un trasunto literario del propio Alfredo Guevara. “Está bien, están los dos muy bien”, le contesté ante el silencio general. Usé el plural porque añadí a la mujer de Cabrera, la bellísima actriz Miriam Gómez. “Sabes que se portó como un valiente”, dijo de repente Guevara. Hubo unos segundos de silencio que podían cortarse con un cuchillo, de la gran espesura que tomó el tiempo. “En tiempos de Batista, sus esbirros lo detuvieron para que les dijera el escondite donde estaba Fidel Castro. Lo torturaron, pero Guillermo no dijo nada, y era el único, además de mí mismo, que sabía donde estaba el Comandante”, dijo Guevara. Hubo otros segundos de silencio en la mesa, que traducían el mensaje y las palabras de Guevara con una sorpresa infinita. Cambiamos de tema, creo que por conveniencia, porque habíamos llegado ya a un callejón sin salida, y nos dirigimos a hablar de tabaco. Yo saqué entonces mi artillería y hablé como una cotorra venezolana de “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar”, de un sabio ya fallecido, Fernando Ortiz. Fui jaleado por Guevara y por Chus Visor, que conocían el libro y lo habían leído. Luego tomamos unas copas, hablamos de generalidades no contundentes y terminamos la velada con un abrazo de amistad. Yo vi irse en su coche oficial a Alfredo Guevara, resguardado por dos bigardos muy bellos que eran sus guardaespaldas, y echándose por encima su chaqueta de lino color mostaza. Era, yo lo he dicho, un exquisito, y la anécdota sobre Cabrera Infante traducía, sin duda, una melancolía amistosa, el recuerdo tal vez doloroso de una amistad que se había roto definitivamente en los primeros instantes de la Revolución, cuando Cabrera Infante emprendió el camino de la desobediencia y la libertad, y tuvo que marcharse a un exilio que para él no terminó nunca y duró hasta su muerte. He contado este episodio varias veces entre la gente del exilio, e incluso entre gentes del interior más o menos adscrita al castrismo no oficial. Nunca terminaron de creérsela, no sólo porque provenía de un exquisito que hacía protagonista de un gesto valiente a Cabrera Infante, considerado un “gusano irredento” por el oxidado régimen castrista, sino porque esa épica parecía sacada de un relato de ficción. Sin embargo, yo sé que fue verdad. En “Cuerpos divinos”, la novela póstuma de mi amigo Guillermo Cabrera Infante, hay datos más que suficientes para entender todo cuanto digo. Remito a mis lectores a esa novela de autoficción, síntesis y epítome de la historia reciente de Cuba y de la escritura literaria de Cabrera Infante.

* Artículo publicado el domingo, 28 de abril de 2013. En mi columna semanal En la corta distancia, en el diario La Prensa, Ciudad de Panamá.

jfdghjhthit45
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.