La política, Trotsky y Aguinis

Las tenidas con los escritores son armas de doble filo. Depende del escritor y de su interlocutor. Nlo conocía personalmente a Marcos Aguinis, novelista y ensayista argentino, pero había leído de él su novela “La cruz invertida”, que alcanzó hace años el premio Planeta. Seguí a Aguinis a través de sus declaraciones en medios informativos, en la lectura de algunos de sus artículos y en algunos textos que rezumaban sustancia y pensamiento. Siempre me pareció un hombre cabal, con una capacidad de análisis a la altura de los mejores y con un sentido del humor que no caracteriza precisamente a la mayoría de sus congéneres. Con motivo de la publicación en Plaza y Janés de su novela “El joven Liova”, que relata en clave de ficción la infancia y juventud de Trotsky, fuimos a comer juntos unas lentejas el lunes pasado en la cada del Café Gijón. La tenida resultó de lo más agradable. Las eleccionesd presidenciales argentinas habían tenido lugar el día anterior con el triunfo de Critsina Kichtner y Aguinis, radical de Alfonsin, se apresuró a decirme que iban a comenzar a suceder cosas malas (peores) en Argentina luego
de la atronadora victoria de la presidenta peronista. Aguinis es uno de los escritores argentinos que destaca por
la crítica política al poder, sobre todo al poder del
peronismo, esa suerte de enfermedad intemporal que sobrevive
a crisis y bonanzas como si tal cosa.
Le dije a Aguinis que muchas de las cosas que sucedían en la política y en la vida cotidiana argentinas, ocurrían también
España, tal vez con otras características, pero con la misma
esencia perniciosa. No de la misma manera, me contestó. A
lo mejor hay cosas en que nuestra cara es peor que la de los
argentinos. No me dio la razón, pero con humor entre los
dos pudimos encontrar un hueco en el que meternos a discutir
amistosa y amablemente sobre política, ideología y
literatura. Y sobre escritores. Hablamos de amigos comunes y
de encontrarnos todos juntos dentro de unos días, otra vez
en Madrid, después de que yo hubiera leído por completo “El
joven Liova”. En un recodo de la conversación le hablé de la
novela del cubano Padura también sobre Trotsky, y sobre
Ramón Mercader, el hombre que lo mató y del que Jorge
Semprún escribió otra novela, titulada “La segunda muerte de
Ramón Mercader”. La novela de Padura, “El hombre que amaba a
los perros” resultó ser una agradable sorpresa para los
escritores literarios, para quienes estamos acostumbrados a
que el texto de ficción nos rete con dificultades a su
entendimiento y con guiños de referencia que debemos ir
resolviendo como si se tratara de adivinanzas que alguna vez
hemos conocido
Esta novela de Aguinis insiste en Trotsky. Dicen los que conocen las señales del viento que el trotskismo, como las
tormentas mayores, regresa cuando hay un fondo de crisis
interminable y una incertidumbre que resulta mayor que la
fiesta de todos los días. No sé yo si el trotskismo es una
ideología (una superstición de las duras) o si, por el
contrario, no es más que una pasión melancólica que tiene

como dios verdadero al revolucionario ruso. Sea como fuere,
Trotsky sigue resultando atractivo para muchos estudiosos y
“científicos” de la política. Lo mandaron matar porque
resultaba precisamente atractivo y peligroso. La leyenda
histórica (un contrasentido que no por serlo deja de
contener cierta verdad) sostiene que Siqueiros, el pintor
mexicano, estuvo en el ajo y ayudó, como buen estalinismo, a
Mercader para que clavara con éxito el piolet con el que
Trotsky dijo adiós a esta vida.
Aguinis “descubre” el final de la infancia del
revolucionario y sus años juveniles, pasionales, encendidos
en los círculos intelectuales, obreristas y académicos de
Rusia y sus influencias. El personaje que descubre Aguinis
en su novela es un poco la figura de todos los jóvenes que,
de una u otra manera, hemos pasado “por ahí”, nos hemos
quedado un rato vociferando y “teniendo doda la razón” y,
luego, cansados de la edad y rotos de la garganta, nos hemos
ido por nuestro camino con el rabo entre las patas y
rascándonos la cabeza. Como si nos sintiéramos estafados en
algunas de las esquinas en las que estuvimos parados aquella
temporada. Por eso yo estoy releyendo a Marcuse, como si
aquel profeta del 68 tuviera futuro entre nosotros, los que
ya estamos en nuestra vejentud más reflexiva. A la fuerza
ahorcan y el que no se consuela con el tiempo el propio
tiempo le da razones para que se calme. En cuanto a los
elementos literarios de “El joven Liova”, Aguinis es un
consumado novelista que maneja con bastante destreza los
procedimientos narrativos convencionales: descripción,
diálogos, narración en sí misma, hechos reales o ficticios
que se imbrican en la novela con una verosimilitud muy
satisfactoria.
Naturalmente, no perdí la ocasión para hablar con Aguinis de
Buenos Aires, una ciudad en plena decadencia que a mí me
parece una de las más bellas del mundo. Hablamos, claro, de
la dictadura militar, de la postura de ciertos escritores
con esa misma dictadura, de la sumisión, del miedo, de los
mecanismos psiquiátricos que emplearon los militares para
acabar con la libertad de los argentinos. Todo aquel mundo
atroz quedó atrás, pero ahora se ha instalado -los riesgos
de la democracia existen- el peronismo rampante en el poder
y las elecciones le han dado unos millones de votos
difíciles de superar, incluido históricamente. ¿Qué es el peronismo hoy?, le pregunté a Aguinis. “Buena pregunta”, me
contestó el argentino con una amplia sonrisa. “¡Quién lo
sabe!”, añadió gesticulando con sus dos manos en alto.
Dije antes que las veladas con los escritores son un arma de
doble filo. Ya lo creo. Pero cuando damos con una
personalidad intelectual que nos enriquece con cada diálogo
y con cada palabra, hay un aliento (y un alimento) de
amistad que conolida la esperanza: no todos son (o somos)
escritores cuyo ego está por encima de todos los demás y que
terminan (terminamos) aburriéndonos cuando no hablamos (o
se habla) de nosotros mismos.

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