Glenn Miller Café

El Glenn Miller Café de Estocolmo, en la Brunnsgatan, se parece mucho al antro que regenta el hermano de Yoko Ono y que hace un par de años me descubrió Riukychi Terao en uno de los centros de la noche de Tokio. En el Glenn Miller Café tocaban, esa noche que fui con Joan Álvarez, un dúo de jazz extraordinario, que haría las delicias de un cronista como Gay Talese: Fabian Kallerdahl (órgano) y Michael Edhund (batería). En medio de la fiesta, le conté a Álvarez la leyenda urbana que, durante un tiempo, se contó del inolvidable, y sin embargo olvidado, Alfonso Grosso. El novelista sevillano se había ido a Estocolmo una temporada y terminó trabajando en un cementerio, de sepulturero. Él contaba que hasta allí fue a buscarlo una pandilla del PCE.Tuvo que huir, salir de su trabajo, correr por la nieve y el hielo durante la noche, a través de los bosques de abedules que rodean la capital sueca. Pasó frío hasta casi helarse, pero escapó para contarlo: el jefe de aquella cuadrilla era nada más y nada menos que “el Hortelano” (como él y muchos de sus compinches literarios llamaban a Juan García Hortelano). Un día, ya en España, “el Hortelano” le mostró a Grosso un ejemplar de la traducción sueca de su novela “Tormenta de verano”. Grosso, que no había aprendido nada de sueco durante su estancia en Estocolmo, lo cogió en sus manos, lo ojeó, lo hojeó con detalle y, finalmente, con cara de desprecio, hizo el siguiente comentario: “Está muy mal traducido, y no creas que así, con una traducción tan malamente, te van a dar el Premio Nobel”. Grosso inventó, en un viaje a Gran Canaria, en el año 1979, que mi abuelo Frasco, germanófilo, había sido cómplice de Hitler en un pueblo marinero del noroeste de la isla canaria, Agaete, de donde los Armas somos oriundos desde el tiempo de la Conquista. El viejo habría permitido que, en las aguas cercanas a la costa, se instalara, decía Grosso, “una base de submarinos nazis”. Añadía que él pronto iba a escribir la novela. “Te voy a hundir”, me amenazaba. Grosso, ¡tremendo tipo!

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En el Glenn Miller Café, después de un par de Jameson secos, me puse a hablar en mi inexistente inglés con un joven sueco que resultó ser experto en Carlos Gardel. Me dijo que no era argentino, sino francés, y yo para verlo desesperarse le decía que no era francés ni argentino, sino uruguayo. Estuvimos discutiendo una hora sin entendernos muy bien, él en su mal inglés y yo en un pésima lengua de la que Vargas Llosa dijo un día, tras escucharme un discurso en lo que quería ser un imposible inglés, que era maorí. El joven dúo del Glenn Miller Café atacó de repente una delicia jazzística y felizmente interminable de “As time goes bye” y yo dejé de hablar con mi amigo sueco y volví a centrarme en la música. Le dije después a Joan que Riukychi Terao era el único traductor que había en el mundo que podía traducir del japonés al español y viceversa. Le añadí que hablaba un español caribe, de la costa este venezolana, de donde algunos no tan amigos dicen que soy originario (pero que me da vergüenza y me hago pasar por canario, que tampoco es poco). “Yo nací en una excrecencia venezolana en la desembocadura del Orínoco”, dije de repente citando a Naipaul, odiado en su isla de Trinidad y querido por otros muchos mundos más desarrollados.
Esa misma tarde habíamos estado visitando la tumba de Olof Palme en Estocolmo y le referí a Joan Álvarez la anécdota real del ex-primer ministro sueco con Otelo Saraiva de Carvalho, aquel coronel de los claveles portugueses. Palme le preguntó a Saraiva, en un cara a cara que tuvieron en la televisión sueca que para qué habían hecho la revolución en Portugal. “Para acabar con los ricos”, contestó el impulsivo militar. “¡Ah!, fíjese usted qué cosa tan curiosa”, le dijo entonces Olof Palme, “aquí, en Suecia, todo lo que hacemos lo hacemos para acabar con los pobres”. Visto el destino de cada una de esos países después de medio siglo de lucha me inclino por pensar que Palme tenía (y sigue teniendo) toda la razón. Al final, cuando ya estábamos medio alegres por el alcohol, el jazz y la noche, comenzados a hablar Álvarez y yo de Larsson y acabamos de acuerdo en que el novelista sueco había relanzado la novela negra, que ahora impera en el gusto de los lectores y las editoriales de todas las partes del mundo. “Es lo que se vende”, me dijo el otro día un editor comercial que cree que sabe de literatura. En fin, lo de siempre.

* Artículo publicado en el El Cultural del diario El Mundo, Madrid, el viernes 26 de abril, en mi columna Al pie del cañón.

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