Un día feliz en Portugal

Hoy es un día muy grande en mi memoria: Portugal se liberó del yugo de la dictadura salazarista, gracias a una sublevación militar. Fue el día de la Revolución de los claveles y del “Grandola villamorena” de José Alfonso. Fue un día feliz, de una época en la nos íbamos liberando todos de nuestras dictaduras personales y colectivas. Pero ahí, en Lisboa y en toda Portugal, crecimos hacia la libertad y maduramos hacía el conocimiento de esa misma libertad y de nosotros mismos.
Cada vez que voy a Lisboa, con mucha frecuencia últimamente gracias a las traducciones que hacen las editoriales portuguesas de mis novelas, recuerdo aquella epopeya extraordinaria. Sí, el salazarismo, como el franquismo, había envejecido tanto que nunca se dio cuenta de que ya estaba muerto. Pero era una dictadura o algo que se le parecía mucho. Integrismo católico, rigidez social, ausencia de elecciones libres y de otras características propias de lo que entendemos democracia. ¿Qué era el salazarismo? Asistí una vez, en un desayuno con escritores en Póvoa de Varzim, a pocos quilómetros de Oporto, a una conversación entre intelectuales portugueses que discutían sobre si la dictadura de Salazar había sido dictadura o no. “Era fascismo”, dije yo, “o una derivada de esa misma cabronada”. Lo dije y se rearmó la discusión, alargada por el debate interminable hasta la hora de almorzar. Había pasado mucho tiempo, pero el salazarismo estaba allí, sobrevolando la vida ya libre de la gente en Portugal, y modulando, a mi entender más de la cuenta, la mentalidad de los intelectuales portugueses.

En algunas de mis conversaciones lisboetas con Antonio Lobo Antúnes le hablé de su novela “Esplendor de Portugal” para meterme en lo profundo de la espesura y que me hablaba del salazarismo. Sí, Salazar era un intelectual autoritario, un católico recalcitrante, un tipo que ejercía el poder de manera absoluta sobre los ciudadanos portugueses. ¿Y cómo llamar a este gobernante?, le pregunté a Lobo. “Fascista”, me contesté a mí mismo en alta voz. Lobo, que llego a ser muy amigo de Melo Antúnes (y fue su subordinado en la guerra de Angola), hizo como si no me hubiera oído y yo, otra vez, interpreté que quien calla en verdad otorga. O tal vez no sea así, y aquel paternalismo autoritario de Salazar no fuera fascismo exactamente. A mí, de todos modos, me parece lo que sé que era, fascismo sin matices, portugués, nacionalista, cartólito, integrista. En suma, criminal.

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