Soplar o hacer botellas

Lo expresa muy bien un viejo dicho popular: no es lo mismo soplar que hacer botellas. Soplar lo hace cualquiera; todo el mundo puede soplar y la mayoría se queda tan tranquilo; no hay que hacer ningún esfuerzo físico, extraordinario quiero decir, para soplar; incluso añadiría, sin tener que equivocarme, que soplar de vez en cuando es bueno y terapéutico. Hacer botellas es otra cosa: es asunto de artistas. El soplo del artista hace botellas, mientras que el soplo del común no provoca más que un soplido.
Digo esto porque una vez más se confunden, y con sospechosa facilidad, la opinión el criterio. La opinión, autorizada o no, es derecho de todo el mundo; el criterio (en este caso, hacer botellas) es cosa de gente que tiene una opinión formada o muy formada de cuanto está diciendo. Una vez, en mis viejos tiempos de contertulio (o tertuliano, como ustedes quieran) en las emisoras españolas tuve que enfrentarme con un periodista profesional. Hablábamos de Cuba. De la política cubana. De la Historia contemporánea, y no tan cercana de Cuba. El hombre hablaba y hablaba. Decía tontería tras tontería, estereotipo tras estereotipo, tópico tras tópico. Al final, hinchando el pecho, dijo que esa era su opinión, que quedara bien claro. Él creía que esa opinión estaba autorizada a decir cualquier cosa de Cuba porque él era periodista y se suponía que esa profesión da una pátina de conocimientos que son suficientes para hacer un strip-tease cerebral y quedar bien ante la gente que lo escucha desde sus casas y a la vista de los directivos de la radio. Le respondía haciendo botellas sólo con una frase: yo sobre Cuba, le dije, no tengo opinión tengo criterios. Y el tipo creyó que eran la misma cosa criterios y opiniones.
La gente, lo que resulta una desgracia cultural, cree que una opinión es un criterio, y que todos los periodistas que opinan por escrito, en la radio y en la televisión, por el mero hecho de ser periodistas tienen una opinión impresionante y profunda de lo que hablan. Nada más lejos de la realidad. Para hablar con propiedad hay que tener propiedad y habla, y hay periodistas que no parece que hayan estudiado: hablan soplando y ni en sueños hacen una botella al hablar.
En mis viejos tiempos, cuando me batía el cobre en la radio, la prensa y la televisión, procuraba establecer mis criterios desde un principio esencial: me preparaba, si no lo conocía, el asunto del que tendría que hablar dentro de unas horas. Y, además, con toda sinceridad. le confesaba a la audiencia que sobre esa materia no estaba, tal vez, lo suficientemente preparado.
Quiero decir que un periodista, en su trabajo, debe ser un artista. Un artista en la composición de sus escritos o de su discurso hablado. Un artista en cómo va a escribir o a hablar sobre un asunto preciso. Tiene, además, que mantener sus criterios, si lo son, una vez dichos o escritos, o saber rectificar inmediatamente si se ha equivocado. Normalmente, el periodista mediocre suele hacerse el sueco y no bajarse del burro al cometer un error. Mala cosa. Mediocre asunto de mediocres. En tenidas, reuniones, tertulias o almuerzos largos he escuchado a periodistas de gran renombre hablar sobre asuntos de los que, se les nota, no tienen ni la más remota idea. Ni siquiera admiten un matiz en sus afirmaciones. Saben de todo y de todo hablan y escriben. Resultado: colaboran no a la educación y cultura de sus oyentes y lectores sino a la mediocridad espantosa y terrible que se ha apoderado de la sociedad. Una sociedad sin espíritu crítico, adormecida por la urgencia cotidiana y la fiesta continua; una sociedad que no se preocupa de sí misma, y que sólo se queja porque las élites se aprovechan de ella. Una sociedad que se expresa en la mediocridad, se vista y viva de manera mediocre. Una sociedad que confunda soplar con hacer botellas. Una sociedad vergonzosa. ¿Debe colaborador el periodismo escrito, la televisión y la radio a esa mediocridad? ¿O debe, por el contrario, criticar con fuerza y talento, con argumentos sólidos la falta de combatividad, la mediocridad y la insolvencia de nuestra sociedad?
Albert Camus estaría hoy conmigo y con todos los que criticamos este estado de cosas, que parece definitivo y muy triste sería que lo fuera. Camus, Zola y tantos otros clásicos de la literatura crítica y de combate se avergonzarían de pertenecer a una sociedad de soplones que no saben que los artistas hacen botellas con soplos que se parecen a los del común, pero son todo lo contrario. Por eso mismo, insistir en que soplar y hacer botellas son dos cosas tan distintas como contrarias es criticar, con criterios, y no sólo con opiniones, a quienes nos decimos notarios de una realidad que vivimos vergonzosamente: una sociedad mediocre con la que muchas veces colaboramos vergonzosamente, soplando, soplando, soplando. Y sin hacer ninguna botella a la que agarrarnos artísticamente en estos tiempos tan tibios y mediocres.

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Los viejos y los nuevos

Dentro de una semana habrá elecciones generales en España. Ese es mi país, maltrecho, pero en pie; empobrecido, pero divertido; absorto a veces, pero hablador casi siempre. No es perfecto, pero es hermoso y, en algunas ocasiones, satisfactorio. Ahora, en estos comicios, se enfrentan dos nociones distintas del tiempo, más que de las ideologías: los partidos viejos (PP y PSOE) y los partidos nuevos (Ciudadanos y Podemos). Los viejos partidos recogieron la vieja tradición española de las izquierdas y las derechas; los nuevos partidos han surgido hace muy poco tiempo, como consecuencia del cansancio de los españoles por los viejos partidos y las situaciones viejas; uno, Podemos, nació del problema del empobrecimiento del país y de la indignación provocada por el estado ruinoso de las cosas, además de la terrible corrupción que carcome a las instituciones y a la sociedad española, en general. Si a eso añadimos el desempleo pavoroso que acucia y atraganta a España desde hace tanto tiempo, queda todo dicho. Son una opción política, reivindicativa y, diría yo, hasta necesaria; el otro partido, Ciudadanos, surge del problema político y territorial provocado por las ínfulas independentistas de ciertos partidos catalanes. Uno, pues, nace de la indignación; el otro nace de la resistencia.
Es mentira que todo el mundo en Cataluña quiera independizarse de España: dos millones de catalanes sí lo tienen decidido; el resto, dice que no. Es mentira también que la Constitución España de 1987 esté vencida y agotada, aunque es verdad que admite mejoras, muchas reformas y hasta un cambio de denominación y sentido de las cosas: de un Estado autonómico a un Estado federal.
Los nuevos partidos, pues, están liderados por jóvenes que pertenecen a la mejor generación que nunca, en toda su Historia, tuvo España; los mejor formados, los más preparados, los más ambiciosos. Una generación nueva que ha tenido que emigrar, a buscar trabajo en el resto de Europa y de los Estados Unidos, y de América Latina; una generación de profesionales que han tenido que marcharse del país: una sangría. Casi la mitad de esa generación preparada no encuentra trabajo en España: un desastre generacional. Y, sin embargo, la sociedad española se mueve: ahí están los jóvenes disputando el poder democrático a los viejos partidos. Esos jóvenes son mucho más emprendedores, y en situaciones mucho más difíciles, que cuanto nosotros, los de las viejas generaciones, llegamos a ser jamás, ni en los momentos mejores de nuestra eufórica vida. Ahora les toca a ellos: enderezar con talento y preparación lo que nosotros, los viejos, hicimos mal. Y reformar lo que nosotros hicimos bien, pero el tiempo ha conseguido vencer.
Estoy con los jóvenes. Dicen que Ciudadanos, en cuya lista por Madrid me presento en el último lugar, testimonial, simbólica pero significativamente, es la nueva derecha: que me lo piquen menudo, que lo quiero para la cachimba. Por ese camino podría decirse que Podemos es la vieja izquierda comunista disfrazada de sonrisas y esperanzas. Y ni una cosa ni otra son verdad completa. Soy, de toda mi vida, un federalista convencido (jamás he sido autonomista) y, como tal, un socialdemócrata radical que cree que con la educación, la sanidad y otras cosas de comer no se juega de ninguna manera. No me importa que en España haya una monarquía, mientras esta institución esté dignamente al servicio del país y de sus ciudadanos, y no dedicada a lucrarse a las primeras de cambio. De modo que no tengo especial predilección por el advenimiento hipotético de una república española, que sería la tercera en la Historia del país. Lo que quiero para España es una gran mejoría en las instituciones y en la vida real, no sólo en los datos macroeconómicos, que hoy no son tan malos como los de hace cuatro años. Lo que quiero es que la gente recupere la fe, la esperanza y la vida digna que se ha perdido en estos años. Lo que quiero es que invierta en tres cosas fundamentales: educación, educación y educación. lo que quiero es que el respeto ciudadano se imponga en España como una manera de ser del español, que fue hidalgo, cacique, abusador, pero también creador de riqueza, ambicioso en el ámbito social.
Si he dado el paso con los jóvenes de Ciudadanos es porque creo en ellos. Creo en la generación de mis hijos como creía en la mía desde que tuve uso de razón, hasta que llegó el escepticismo político, con la madurez y el cansancio. Ahora, con los jóvenes, en volandas con los jóvenes, he recuperado la fe en la vida política; me he vuelto a sentir joven, a pesar de ser un viejo, y he vuelto a tener la esperanza de que mi país, España, se modernice tanto como lo hicimos durante una temporada, desde 1982 hasta el año 1999. Ahora les toca a ellos: les toca el poder y la gloria a los jóvenes. Mientras tenga fuerzas, remaré con ellos. Aunque sea contra el viento y los elementos.

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Los años que vivimos venezolanamente

Aquella Venezuela saudí de los años 70 del siglo pasado era uno de los países más ricos de América Latina. Sus clases medias tenían una gran fondo económico y una gran influencia social. No. No era un país justo, pero era mucho más justo y democrática que toda América Latina. Había pobres, muchos de absoluta miseria, pero las clases medias eran fuertes, la educación subió en esos años una enormidad, Venezuela era una nación próspera. Con muchos problemas, pero próspera. Y una democracia muy respetuosa de los derechos humanos y de la independencia de los tres poderes entre sí. Había un grave problema, entre otros muchos: los venezolanos lo llamaban la conchupancia. Esa lacra de la corrupción creció tanto, había tanto para robar, que las clases dirigentes, y todo el que pudo, se dedicaron a lo peor: a vaciar el país a los ojos del pueblo soberano. La democracia se pudrió, el pacto histórico de Punto Fijo se vino abajo y apareció el golpista, primero, y luego “El Salvador del pueblo”: Hugo Chávez. Lo demás es, más o menos, conocido por todos ustedes.
Venezuela desde hace quince años, con el chavismo y con su desgraciada deriva posterior a la muerte del líder, el madurismo, caminó por estertores encontrados que, finalmente, dieron lugar al gran desastre social , cultural, económico y político. “El país está en el suelo”, me confesó hace tres años, en mi última visita a Caracas, un gran historiador venezolano. Todavía vive. Y hace unos días me dijo que su país estaba en el infierno. Hay mucha literatura y mucha historia en La Venezuela de los últimos años. Leí con emoción contenida “Una revolución sentimental”, el gran reportaje de Beatriz Lecumberri. Un gran libro de una gran periodista. Ahora leo una gran novela, estoy terminando de leerla y no quiero, “Patria o muerte”, de Alberto Barrera, una gran novela de un gran periodista y novelista venezolano, con quien acabó de estar en la FIL de Guadalajara, México. Precisamente leyendo algunas de las páginas de “Patria o muerte” en mi habitación del Hotel Hilton, en la FIL, se me vino a la cabeza aquella novela titulada “El año que vivimos peligrosamente”, que fue llevada al cine en una película inolvidable. Estoy hablando de la Indonesia del General Sukarno, de cómo el dictador jugó y engañó a los comunistas y a todos los demócratas, de cómo se hizo con todo el poder y todo el dinero del país, de cómo ejerció se poder y ese latrocinio con el descaro de un criminal que, con la mentira mayor de querer a su pueblo, lo masacró en las calles sin contemplaciones. El Chávez que retrata Barrera en novela, el mismo que ya había retratado en su biografía sobre el presidente venezolano, el mimo que describe magistralmente Beatriz Lecumberri en su libro ” La revolución sentimental” es un sujeto carismático que ejerce su poder casi absoluto, despóticamente, desde la televisión y los medios informativos, siempre con un micrófono en la mano. Bien: con un micrófono en la mano les dijo a los venezolanos, que han vivido los últimos quince años peligrosamente, que si a él le pasaba algo, y faltara, que eligieran sin duda a Nicolás. Entre gallos y medianoche, así fue todo. Y Nicolás Maduro ganó unas elecciones presidenciales de la mano de un muerto, el Sukarno venezolano, Hugo Rafael Chávez Frías.
Hoy, domingo, 6 de diciembre de 2015 es un día crucial para los venezolanos. Es el día de las elecciones parlamentarias y, por primera vez en estos años que Venezuela ha vivido peligrosamente hay una esperanza para comenzar a salir del infierno al que el madurismo ha condenado al país en muy poco tiempo. Chávez murió en Cuba, más de tres meses antes delo que oficialmente se dijo y se sigue diciendo. Ahora llegan las primeras elecciones en las que los venezolanos ya no tienen a Chávez y su carismático donde la ubicuidad. Tienen a un presidente nulo políticamente, brutísimo culturalmente, una bestia parda de tiempos pasados incluso para América Latina. Y un país en el infierno, un país que quiere salir de ese mismo infierno madurismo y regresar a una democracia que no es la panacea de todo ni de nada, pero es mucho mejor que lo que la política chavista y maduros ya le ha dado a Venezuela en estos años vividos peligrosamente.
Llega el momento y el hoy. Las urnas. La oposición teme que ahí y hoy, en las urnas, se cometa otro crimen de lesa democracia y los tramposos, los malandros políticos y económicos de Venezuela, ese gran país que llevo en el corazón desde que era un niño, se salgan con la suya y sigan en el poder, matando, robando, con el pueblo en el infierno, sin nada que comer, con un desabastecimiento brutal y con una inflación escandalosa. Venezuela, que fue una luz democrática en una época de dictaduras militares en América, debe empezar salir del infierno este mismo domingo. Se lo merece. Y nosotros lo aplaudiremos.

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México en la memoria

Siempre que vengo a México (en esta nueva ocasión, a la FIL de Guadalajara), recuerdo mis años de juventud impertinente y los siete viajes que hice al gran país hermano en un solo año: desde febrero del 82 a marzo del 83. Un grupo de escritores españoles, capitaneados por el mítico editor y gran amigo Carlos Barral, también excelente poeta, nos pusimos de moda en México gracias a la actualidad democrática española. Se acabó el temor a un golpe de Estado y llegó una nueva generación, al frente de la cual, uno de los nuestros, cabalgaba como caballo ganador: Felipe González, que se convertiría en icono mayor de esa misma generación a la que pertenezco. Lo conocía del tiempo de la clandestinidad, cuando venía a Canarias y yo iba a Madrid y nos reuníamos para tomar, cada uno en su especie, los palacios de invierno.
Aquellos escritores éramos invitados por el entonces Regente de México, un tal Hank González, que acabó mal y creo que, durante un tiempo, encarcelado por asuntos de dinero. Cualquier pretexto era bueno para invitarnos: un congreso de escritores en la UNAM, otro en el Palacio de Minería, un programa de televisión para hablar de España y la nueva democracia. Cualquier cosa servía para el viaje que nos hermanaba con México, y nos hacía caminar como locos por una geografía tan legendaria para los españoles. Un día buscamos la tumba de Luis Cernuda en tres o cuatro de los grandes cementerios del Distrito Federal. Jamás la encontramos por nuestros propios pasos. El poeta Ángel González inventó una de sus cuartetas más sonadas a costa de este episodio de los cementerios mexicanos: “El poeta Luis Cernuda/tiene buena información,/cuando llega Pepe Esteban/se cambia de panteón”. Luego sería Pepe Esteban quien ayudado por García Márquez haría unas pesquisas con el entonces Presidente López Portillo y la tumba del poeta Cernuda aparecería sin problemas.
Otro día, en La Paz, Baja California Sur, recorrimos un desierto inmenso temiendo que se nos acabara la gasolina del coche que corría por aquel arenal mágico hacia ningún lugar. Estábamos buscando, en medio de la nada, algún lugar inexistente donde nos dieran una cerveza bien fresca. El calor era terrible. De pronto, a lo lejos, y después de tanto tiempo buscando un paraíso terrenal, apareció en la lejanía, en una medianía muy lejana pero visible, un edificio que más bien era un fantasma que nos engañaba la visión. Pero, en fin, allí dirigimos nuestro pasos desde dentro del coche que amenazaba con dejarnos tirados por falta de combustible. Nos llevó algo más de media hora por caminos perdidos llegar cerca del lugar del que no quitábamos los ojos desde hacía tiempo. La sed subía enteros en la bolsa personal de cada uno de nosotros, que nos hacíamos la ilusión de echarnos a la garganta una cerveza enorme e interminable. Nada de eso. Cuando pudimos llegar al lugar deseado, vimos que esta vacío, que era una especia de espejismo, aunque el edificio existía en medio de una soledad interminable. Lo más mágico de todo: se llamaba “Bar Restaurante La Imaginación”. Parece mentira, pero fue verdad.
México, pues. Ahora estoy en la Feria Internacional del Libro de la ciudad de Guadalajara. Vengo, desde hace un tiempo, todos los años a una celebración que significa mucho para la literatura y los libros en español. Por aquí, por la FIL, se pasan todos los años 600 escritores, entre invitados y antoinvitados, y está presente siempre toda la actual literatura mexicana. Hace un par de años, el país invitado de la FIL fue Chile. Para mi sorpresa, un día, en el lobby del Hilton descubrí al legendario cantante de boleros Lucho Gatica, a quien yo había conocido y oído cantar en el Tánger Club de mi tierra natal, Las Palmas de Gran Canaria, cuando yo tenía 16 años apenas. Gatica entonces tendría menos de cincuenta y ahora, cuando lo conocí en el lobby del Hilton, estaba entrado los 90, pero con muchas ganas de hablar y de vivir. Desayunamos un par de veces, cantamos a dúo “El reloj”, yo le conté cuentos y él me relató leyendas. Como la del día, cuando vivía en México, que invitó a Pablo Neruda a su casa para que le firmara sus libros. Esa noche, para colmo y paradoja, unos ladrones entraron en su casa, le robaron todo y encima se llevaron los libros de Neruda. Al día siguiente a la visita a su casa, el poeta le envió al cantante algunos de los títulos que le habían robado con su rúbrica y dedicatoria.
En mis memorias hay muchos cuentos sobre México, que ocupa en mi vida un espacio inolvidable. Un lugar, la memoria, que, a pesar de los años y el viejazo que a veces se viene encima, conservo limpia y llena de recuerdos y vacía de olvidos. Como una verdadera biblioteca, que es lo que realmente entiendo yo que es la memoria.

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La guerra en París

París fue y es siempre, para Hemingway y para mí, una fiesta. Cada vez que puedo, me escapo a ver la luz, el Sena, la gente de París. Tomar un taxi a cualquier hoy: un gran problema de París. Siempre voy a un hotel cercano a la Plaza Víctor Hugo, lugares -la plaza, el hotel, todos esos alrededores que llevan al Arco de Triunfo- en los que sabido hacer amigos, taxistas incluidos. Mi cuartel general en París está en el Café Marceau, en la avenida radial del mismo nombre. Allí recibo cada vez que voy a París, en la terraza del Marceau; allí veo las noticias, hablo con los camareros, bebo champán y como pollo al limón. Y hablo, y elogio todo cuanto veo y cuanto siento. París, mi amante imposible, herida en su propia alma hace unos días: unos tipos vestidos de negro que gritan que Alá es el más grande mientras matan, antes y después de matar, también. Y vienen algunos y me dicen que no es una guerra de religiones: no, es una guerra de religión, de unos fanáticos religiosos y terroristas que quieren matar infieles, cruzados e idólatras. Tres términos que, me dicen algunos, no tienen nada que ver coyn la religión. Los tipos de negro, que matan y se suicidan, y se van al cielo a gozar de las huríes prometidas son musulmanes. Sucede que los musulmanes no separan religión y político. Para ellos, y para el Corán, todo es lo mismo: la religión es política, y vida pública cotidiana, y la política es religión, dentro y fuera de casa. De modo que, aunque tengan la nacionalidad francesa, aunque parezca que son parisinos, no lo son: son gente que no se ha integrado, gente que vive en guetos musulmanes, gente que asocia sus manías criminales y religiosas al multiculturalismo, que el es triunfo del nacionalismo más feroz y desequilibrado. La gente, casi analfabeta, habla de multiculturalismo creyendo que habla de mestizaje. Se equivoca la gente, sobre todo la gente que no sabe, y que por no saber tampoco quiere saber: el multiculturalismo crea el gueto, el gueto crea el lumpen, el lumpen no se integra ni quiere asimilación alguna. Esos son los tipos vestidos de negro, que van a Siria y regresan de la muerte convencidos de que hay que matar.
Tengo para mí, definitivamente, que todo esto es una guerra. Una guerra religiosa, desde luego impuesta por una minoría (pero, bueno, ¿cuándo no han sido minorías, religiosas o étnicas, económicas o culturales, las que han iniciado las guerras?). Aquí la ingenuidad, la tibieza y el obsceno analfabetismo que corren por el mundo y sus redes sociales ganan siempre la partida. Creen que con cantar a la paz, imaginar un mundo feliz y todos contentos, y vivir bebiendo champán todos los fines de semana ya está todo hecho. Luego vienen unos tipos de negros con AK47 y nos sentimos asustados, asombrados, indignados. Aleluya, Aleluya. Históricamente, las izquierdas, y sobre todo las izquierdas parisinas, han impregnado el discurso dominante de esta tibieza que ahora nos inunda y casi nos deja ciegos. Pero París esta el guerra, y la guerra se extenderá, y le prenderá fuego a Europa, si Europa y el mundo lo permiten.
El otro día en televisión escuché las prédicas de un imán pacífico que pedía en Barcelona una universidad musulmana “para enseñar bien el culto musulmán a los imanes”. Argumentaba que había en España dos millones de musulmanes y eso constituía ya una seña de identidad del país, desde la Historia y sincrónicamente. ¿Acaso dejan los musulmanes en Arabia Saudi o en Qatar, dos ejemplos sospechosos, que los cristianos construyen iglesias en sus territorios, puro petróleo, la riqueza para unos pocos, interpretación islámica desde el poder, abusos y abusos contra la mujer… ¡Y no decimos nada de estos musulmanes! Nada. Los que más tibios son me lo dicen todos el tiempo: hay que respetar sus costumbres. Aquí gritan por lo más mínimo, pero en cuanto se habla de musulmanes son sus costumbres, su religión, su vaina. No, son teocráticos que quieren construir un mundo teocrático y, por tanto dictatorial, gentes, ricos musulmanes y países que quieren que Europa sea, dentro de treinta años, musulmana y teocrática.
Hay guerra en París. Unos tipos de negro entran en una sala de música y matan. Matan y quieren matar un estilo de vida. Quieren que nos rindamos a su Alá es el más grande. Quieren que les tengamos pánico, que no salgamos a la calle, que no bailemos, que no bebamos. Quieren el terror implantándose en nuestro mundo. Y aquí, en nuestro mundo, gente que todo se lo debe a Occidente, lo que tiene, la libertad, y lo que no tiene y cree que debe tener, andan en la tibieza. Están, sin más, defendiendo la guerra de los asesinos de negro. Objetivamente. Conmigo no cuenten. Amaré la vida hasta el último instante de mi resistente respiración.

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La envidia

En el mundo de la literatura, como en cualquier otro terreno de la vida, el pecado de la envidia ocupa el inmenso lugar de la mezquindad. Deme usted una envidia del tamaño del universo y yo le daré una fama más grande que el cielo. Algo así dijo Galdós, que sufrió sobre sus espaldas el pecado de la envidia de sus colegas y de quienes estimaban que su talento no era más que un simple juego de luces. Hay en este planeta de la literatura en el que nos movemos juegos de luces de todos los colores. Dicen que el color de la envidia es el amarillo, pero yo -como dice el bolero- no concibo esa razón ni la tengo en cuenta. Siempre he querido conocer por dentro el corazón y el alma del envidioso. Me llena de curiosidad, simplemente. De curiosidad intelectual y ética: ¿qué tipo de sufrimiento sentirá el envidioso, qué necesidad de vengarse de aquel que le provoca la envidia debe fraguarse en las alcantarillas de su almario, por qué no es capaz de controlar sus bajos instintos envidiosos y transformarlos en beneficios elementos de emulación?
Por envidia dicen, y esa es la versión de la Biblia y sus sacerdotes, que Caín mató a su hermano Abel, el bueno. El asesino, dicen, no pudo contener la envidia, aunque hay otras versiones. Abel debió ser un pedante empecinado, un pesado enfermizo, de libro, un niño que todo lo hacía bien a los ojos de su padre. Caían debía, a mi entender, ser un hombre libre, que por tanto hacía lo que le daba la gana. Y lo que sentía por su hermano “el bueno” no era precisamente envidia, sino un cansancio insoportable. Se lo quitó de encima, según las Escrituras, con un par de golpes de la quijada de un burro, artefacto, sea dicho de paso, que no me importaría utilizar al menos los sábados por la tarde, cuando tengo tiempo libre, contra tantos “abeles” insoportables que se nos pasan de “buenos” todo el tiempo.
La envidia, entonces. Antonio Muñoz Molina es un escritor español que ha gozado de un gran trato por parte de la crítica, los lectores y las jerarquías académicas durante mucho tiempo. Se dice que su posición es “envidiable” y yo siempre digo que esa situación se la ha ganado a pulso. Está, a una edad bastante temprana, recibiendo todos los galardones importantes del país y del extranjero. Pero hace un tiempo, sin que nadie haya puesto especial interés en montar el quiosco, ha comenzado a caer sobre él y su obra una revisión excesiva. Disparan sobre el pianista con una ferocidad de jabalíes.
Ya está bien de Muñoz Molina, dicen por todos lados. ¿Y por qué ya esta bien? ¿Y por qué ahora vienen todos los salvajes juntos a matar al príncipe?
Ahí está la vaina: por envidia. Como el cáncer, la envidia crece en silencio y estalla en el corazón del envidioso cuando menos lo esperamos. Es la envidia más o menos colectiva quien pone siempre en marcha la mezquindad que golpea con palabras más que hirientes al señalado por los envidiosos. Más temprano que tarde, y por sinrazones que todavía no he tenido tiempo de estudiar, el mundo se divida en dos aquí también, y perdonan ustedes la falta de matices: el mundo de los envidiosos y el mundo de los envidiados.
Quienes no somos envidiosos vemos asombrados como en el universo mediocre en el que vivimos crece la envidia como un hongo maligno. La brecha se amplía cada vez más y no deja de sorprendernos. El otro día, en una de las tertulias de escritores e “intelectuales” a las que asisto semanalmente, me preguntaron si yo sentía envidia de otros. Expliqué que, en mi caso personal, no había tenido nunca tiempo para sentir envidia por nadie, que en mi caso lo que se movía en mi alma era la emulación y la admiración por el esfuerzo y el trabajo bien hecho, por la estética y la ética a la que hay que tender en estos momentos de tanta confusión. Alguien me habló de “envidia sana”. Le negué la existencia de esa envidia. La envidia no es como el colesterol, que lo hay bueno y lo hay malo, la envidia siempre es mala, es bilis negra, reconcomio y poco lúcida. A veces he sentido, desde que soy pequeño, ya en el colegio, ciertas envidias contra mí de los peores en cada momento. La he sentido y la ha sufrido sobre estas espaldas de hierro que todavía felizmente llevo encima. Son a mi entender gajes del oficio: deme usted una envidia del tamaño del universo y yo le daré una fama más grande que el cielo. Galdós: se pasó la vida escribiendo, los envidiosos quisieron siempre acabar con él. No pudieron. Y así es la vaina.

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La densidad narrativa de Fernando del Pao

Las novelas de Fernando del Paso son textos densos y sustanciales. La unidad textual que Del Paso utiliza en sus tres principales novelas (José Trigo, Noticias del Imperio y Palinuro de México) es el párrafo: párrafo a párrafo se construye una narración casi nunca fácil de leer; un texto siempre cerrado que, en lugar de darle complicidad (facilidad de lectura) al lector, le exige a ese mismo lector una complicidad intelectual de primer orden. Pero esa es la historia. La historia narrativa y la Historia de México, novelada entre símbolos prehispánicos, mitos griegos, y la voluntad de modernidad. Las novelas de Del Paso (sobre todo José Trigo y Noticias de un Imperio) son, además, exegéticas: explican y relatan una historia colectiva, donde el ruido de las máquinas de los ferrocarriles que atraviesan la inmensidad territorial mexicana son una voz narrativa, además de aquellas otras, más o menos de carne y hueso, que van dándonos noticia de cómo son la historia y la Historia, conjuntándolas y mostrándolas ante el lector y el estudioso no sólo como un cuento largo y denso, sino como otra forma de interpretar la memoria histórica del país, sus revoluciones y poderes terrenales y sobrenaturales.
De modo que no: Del Paso no es un novelista fácil, sino todo lo contrario. Es lo que se llama, simbólicamente, un demiurgo, un escritor con mentalidad de intérprete poético que escribe en prosa con un largo y profundo aliento intelectual. No, lo siento: no es para todos los públicos ni para los lectores de fin de semana. Es para lectores viciosos, como otros grandes novelistas; para lectores que leen devorando las páginas con una inquietud que lleva a cuestas un gran peso literario. Pierdan toda esperanza los lectores de fin de semana, y aquellos a los que les gusta decir en sus tertulias amistosas que acaban de terminar de leer la última novedad editorial. Es un escritor de fondo de mar: hay que margullar con calma en sus páginas, que los dedos del lector caminen por sus páginas igual que sus ojos, como el chocolate para los viciosos del chocolate. Con sumo placer, a pesar de las dificultades culturales que el texto ofrece.
En Noticias del Imperio, para mí la mejor novela de Fernando del Paso, está el delirio de Maximiliano, el delirio mexicano de fundar una dinastía europea en un territorio muy complejo, en todos los sentidos, muy cerca de los Estados Unidos y muy lejos de Europa y de Dios. Maximiliano: el gran invento imposible. México en estas páginas: una interpretación, también, sin duda. Si en José Trigo la Revolución Mexicana quiere parir la modernidad que, en bastantes sentidos, llegó después, en Noticias del Imperio está el gran sueño de Europa en México. Y su imposibilidad, su incapacidad para entender y descifrar los sentidos del poder y los sentidos sociales de una Historia mestiza. Sólo por estas dos obras Fernando del Paso es un clásico a tener en cuenta, alguien, un escritor, a quien hace tiempo que el Premio Cervantes estaba esperando. En cuanto a Palinuro de México, que tantas expectativas había levantado entre sus lectores más arriesgados, no tuvo la fuerza de sus otras dos novelas. Para ser un clásico, basta con querer atrapar la Historia en unas páginas que se extienden hasta más allá del horizonte. Y Del Paso
Todavía lo recuerdo, muy joven, en México, en Madrid, en South Bend (Indiana, Estados Unidos), Barcelona, Guadalajara (México), Canarias… Lo recuerdo risueño, divertido, con un par de tragos en el cuerpo y un vaso más en la mano derecha, con una sonrisa y unos ojos de amistad inolvidables. Siempre hablando de las cosas de la vida y de la literatura. Todavía lo recuerdo en largas y continuas francachelas que acababan con las primeras luces del alba y con un desayuno mexicano, huevos ranchera incluidos. Lo recuerdo, y recuerdo también mi juventud mexicana, mis viajes a cantinas, cantando rancheras y boleros con Fernando del Paso, la mano arriba y siempre un vaso al final, erguido como la estatua de la Libertad. Eso es lo que que fue siempre y siguen siendo ahora, tras tantos años de ejercicio en la escritura y en la vida: una persona libre, un escritor barroco, un novelista denso. Un amigo. Un clásico.

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Regreso a Lampedusa

Recorrí las salas del Matadero (Casa del Lector) en Madrid con sumo placer: la exposición de documentos, objetos y recuerdos del autor de “El Gatopardo” me emocionó mucho. Lampedusa es uno de esos ejemplos que nos costaría seguir, aunque quisiéramos hacerlo. Fue un escritor que escribió poco, un lector inmenso que leyó todo y más, un aristócrata finalista, solitario y melancólico, con tintes muy pesimistas que, casi al final de su vida, escribió una de las mejores novelas europeas del siglo XX. A veces me preguntó por qué queda “El Gatopardo” a través de los años y los tiempos. Queda, esa es la respuesta, porque es un novela en la que late la Historia, es un texto literario de primera dimensión, es una historia de amor única en un instante exclusivo de la historia de Sicilia y de Italia. De la novela se dijo de todo, antes y después de ser publicada en 1958 por Feltrinelli, gracias al tesón de Giorgio Bassani que buscó el original de la novela hasta el fondo del infierno, una oscura portería de Milán donde rep[osaba entre otros enseres inservibles. Lo tenía la hija guardado la hija de Benedetto Croce, Elena, que durante un tiempo había ejercido de agente literario.
Recorro las salas del Matadero y examino con mucha atención los papeles de Lampedusa, algunos capítulos de “El Gatopardo”, la letra menuda del Prínce en los cuadernos azules donde guardaba sus clases de literatura, que daba a dos alumnos suyos, Francesco Orlando y Gioachino Lanza Tomasi de Lampedusa, su hijo adoptivo. Precisamente está allí Lanza Tomasi, gran músico, que nos recuerda que Lampedusa odiaba la música. Decía que la historia de Italia era un fracaso por culpa de la ópera, un melodrama, decía, con un escenario lleno de gordas y gordos que lanzan gritos sin sentido y hacia un público que les aplaude mansamente. Solo una vez fue al teatro Massimo, en Palermo, y salió antes de acabar la representación, convencido como había entrado de que ese género musical solo generaba fracasos en su entorno.
Recorrí en el año 2003, y durante un mes, la isla de Sicilia, siguiendo la ruta de Lampedusa, persiguiendo las sombras de los personajes y los territorios de ” El Gatopardo”, en cuyo homenaje estaba escribiendo “Casi todas las mujeres”. Nicoletta Lanza no sabia nada de mi novela y nos hemos prometido un encuentro en Palermo dentro de poco tiempo. Le llevaré a los Lanza Lampedusa ejemplares de la novela y volveremos a rendir homenaje de recuerdo y admiración al autor de “El Gatopardo”, de quienes los popes de la literatura italiana de aquella época, sobre todo Elio Vittorini y Vasco Pratolini, dijeron de todo, hasta evitar incluso que la novela fuera publicada en vida del Príncipe, que murió en 1957. Cuando la novela salió a las librerías, el inútil de Pratolini, a quien hoy no lee nadie, escribió que con la publicación de “El Gatopardo” la novela italiana se había retrasado casi 60 años. Es difícil que hoy nadie lea a Pratolini. Y mucho menos el cardenal ateo que había en el comunista Vittorini, derrotado por el tiempo y por la inmensa novela que dejó escrita Lampedusa, de la que llegaron a decir incluso que la había escrito su madre y él, Giuseppe Tomasi, se había atrevido a publicarla con su nombre. Las canalladas contra el Príncipe comenzaron a cesar cuando Aragón, más pope y comunista que Vittorini, llegó a Milán y dijo que “El Gatopardo” era una novela extraordinaria. Fue Berlinguer quien, finalmente, reclamó de Visconti que hiciera la película. Así es la vaina en el cielo, en el purgatorio y en el infierno de la literatura, en las pequeñas literaturas (grandes infiernos) y en las grandes literaturas (enormes llamas infernales).
En Quatri Canti, en Palermo, está la librería Feltrinelli. Es un edificio de cinco planta todo lleno de libros. Asombroso y emocionante. De la techumbre cuelga una enorme fotografía de estudio de Burt Lancaster caracterizado en “El Gatopardo” como Príncipe de Salina, el protagonista de la novela, un personaje extraordinario que tiene mucho de Lampedusa y de su abuelo y bisabuelo. Me emociono al pensar que regresaré a Palermo, pronto, a celebrar con los Lampedusa el recuerdo imborrable del descubrimiento de “El Gatopardo” y el viaje que hice por segunda vez a Sicilia en busca de las huellas del palacio de Donnafugata en Santa Marguerita de Belice.
Hemos quedado con los Lanza Tomasi, sangre y memoria del viejo Lampedusa. Para mí es un inmenso honor el reconocimiento de Gioachino y Nicoletta de “Casi todas las mujeres” Pasear entre los papeles de Lampedusa en el palacio Butera será, seguro, una Epifanía intelectual de primer orden. Adelanto el futuro con euforia, siempre hay regresos que nos significan que estamos vivos y que, a veces, no nos hemos equivocado.

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El abuso de las palabras

Dos palabras de las que se abusa con una perennidad soez: izquierda y derecha. Hablar de política y entrar en la charla o en la conversación académica. Hay quien dice, abusando también de las palabras, que ya no hay distinción entre izquierdas y derechas (o “vicerveza”, como acuñó Bryce Echenique en mejores tiempos que estos). Yo creo que sí, aunque las izquierdas hayan asumido elementos ideológicos sustanciales de la derecha y la derecha haya hecho lo mismo con la izquierda. En cuanto a los políticos, los de derechas se arropan en una historia que no es sólo de ellos, y los de izquierda se asimilan una autoridad moral histórica que, muchas veces, causa sonrojo al ser más objetivo.
Mario Trejo, que fue un muy buen poeta, un gran tipo y un hombre lleno de humor y sentido común, escribió un libro de poemas esencial para entendernos en el tiempo contemporáneo, con una cierta solidez intelectual, claro: “El uso de la palabra”. No sé, no recuerdo bien, si en ese libro o en otro de los muchos buenos que nos legó, el poeta Trejo, que vivió en Cuba durante los primeros años de la Revolución convencido de que aquella vez si era de verdad, nos advierte, en su sabiduría, de este abuso de las palabras: “De dos cosas”, escribe el poeta, “ha de librarse el hombre nuevo: de la derecha cuando es diestra y de la izquierda cuando el siniestra”. Ahí está la vaina. Todo el mundo se sentirá, si tiene conciencia, un poco señalado por Trejo. entre otros versos y cosas, porque a esa advertencia moral y política puede sin esfuerzo dársele la vuelta: “De dos cosas ha de librarse el hombre nuevo: de la izquierda cuando es diestra y de la derecha cuando es siniestra”. ¿Qué dice la izquierda tradicional de la derecha? Que es siniestra, pues. Y la derecha tradicional, además de tildar a la izquierda de siniestra también dirá que, en el fondo, es diestra.
Sin duda, conozco a comunistas que toda la vida han sido de derechas y que incluso, en el abuso de su cinismo verbal, dicen que la única manera de ser buen comunista es ser de derechas y rico. Bueno, que me lo piquen menudo que lo quiero para la cachimba. Eso sí: los conozco. En América Latina sobre todo. Ricos hasta caerse de dinero dicen ser comunistas de toda la vida. ¡Y los comunistas de toda la vida los llaman camaradas! Las izquierdas no se cansan de decir que las derechas están en política para abusar del ciudadano y que no hay cosa de menos interés y más tonta que un obrero de derechas. Todo cuando digo está, a diario, en boca de los políticos que abusan de la palabra como si fueran personajes excesivos de Lewis Carroll que se pasan la vida declarándose los dueños de la palabra.
Ortega y Gasset, que escribió muchas palabras y nunca abusó de su contenido ni de su forma, nos enseñó que una es la moral del político y otra es la del ciudadano. Ortega decía, en este caso, lo que era y no lo que debía de ser. Porque lo que debe de ser es que la moral en política sea sustancial a cada discurso y a cada hecho del político, sea el político de la tribu que sea.
A veces, es verdad, la izquierda es siniestra. Trejo lo trajo a la advertencia moral escrita después de sufrir y ser testigo de las mentiras morales y reales de la Revolución Cubana a la que quisimos tanto, sin darnos cuenta que la inmoralidad jerárquica se cumplía a cada momento por el bien del triunfo de la causa. Hoy día, como siempre, se ven gentes que siguen adorando al Che Guevara, miles en las redes sociales, y no quieren saber que su querido comandante era dos cosas que lo impelían al crimen: enfermo asmático y de la cabeza, uno, y un asesino sin paliativos, dos. Muchos de sus adoradores gritan por la vida eterna del Che, pero ninguno de ellos -todos en verdad de derechas- son capaces de dar a sus hijos una educación guevarista y “revolucionaria”. No, los envían al Instituto Británico o al Francés para que mañana, partidarios del Che Guevara, sigan con la misma fantasmada en los despachos de grandes bancos industriales.
¡Ah, las palabras, en boca de la izquierda siniestra y de la derecha diestra! Cambian de sentido en cada momento, se multiplican en embustes que el populacho traga sin mayor esfuerzo en las elecciones. Todavía recuerdo la que se armó en el mundo de la izquierda y las risas de la derecha siniestra cuando Nicanor Parra dejó escrito en pocas palabras su sentido del sarcasmo y del uso exagerado de las mismas palabras por parte de los políticos de uno u otro espectro. “La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”, escribió Parra con humor. Casi lo matan.

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Salmón ahumado en memoria de Joe Gould

Esta misma semana, en Manhattan, New York, fui a la Minetta Tavern, en el Village, en busca de la memoria de Joe Gould, el escritor bohemio que convenció al mundo entero de que estaba escribiendo la historia más extensa contada por ningún hombre: “Historia oral de nuestro tiempo”. Con los años, su nombre y su epopeya se han convertido en una leyenda vaporosa, entre el olvido y la añoranza. Incluso hay gente que dice que Gould, el escritor que se decía experto en el lenguaje de las gaviotas, nunca existió. A nosotros nos consta que sí, que Gould no fue un invento de quien lo descubrió para el mundo en el The NewYorker, el periodista Joseph Mitchell, con los dos espléndidos reportajes, luego recogidos en un libro excepcional: “El secreto de Joe Gould”. Gould, en la temporada en que fue aceptado por los beatniks y sus descendientes intelectuales, repetía la historia que estaba escribiendo a mano “en cientos de libretas” que, decía él, tenía escondidas en lugares muy ocultos y casi clandestinos. Así se fraguó él mismo su leyenda en Minetta Tavern, un restaurante que frecuentaba y donde le daban de comer, mantenido por otros escritores del lugar. Hasta que, durante la II Guerra Mundial, sacó un rejo anticomunista y fue tildado incluso de filonazi por sus antiguos amigos.
Durante años, su leyenda cayó en el olvido. Como si no hubiera existido jamás, no quedó huella del personaje ni de su obra. Gould murió, en realidad, sobre finales de la década de los 50 del siglo pasado, pero siempre fue un personaje que me rondó la cabeza, a partir de la lectura de los reportajes de Mitchell. Me imaginaba el Doctor Gaviota, envuelto en sus abrigos raídos, tal como aparece en una película que se hizo con su historia más o menos real; me lo imaginaba cascarrabias, tal como había sido su carácter, a veces rozando la ilegalidad, siempre libre y sin nada que llevar a cuestas, salvo la memoria de su libro enorme e interminable; me lo imaginaba incansable, contando sus batallas verbales, peleas y mitos que nunca escribió aunque convenció a todo el mundo de que el universo que contaba ya estaba escrito por él en unos documentos manuscritos que llenaban departamentos secretos, decía, de sus verdaderos amigos, depositarios silencioso y ocultos de su tesoro intelectual.
Mitchell llegó a descubrir en sus reportajes que aquel bohemio tan interesante y convincente, que comió en la Minetta Tavern con Hemingway y se sentó a tomar cervezas con Sophia Loren y Jane Mansfield en más de una ocasión, y siempre en el Minetta Tavern; el mismo escritor que había sido citado en algunos de sus poemas nada menos que por E.E. Cumings, era en realidad un farsante intelectual que escribió tan sólo siete u ocho libretas de su enorme libro inexistente; siete u ocho libretas que contenían, todas y cada una, el mismo texto repetido siete u ocho veces; repetido una y otra vez, como si ese capítulo, tan repetido, fuera toda la historia del mundo que el Doctor Gaviota, Joe Gould, había decidido escribir.
Fui, pues, al Minetta Tavern, a dos pasos de la Washington Square, casi aledaño a los edificios de la NYU, a buscar los restos de la memoria de Joe Gould. Mientras me tomaba un zumo de naranja y pedía un gran plato de salmón noruego ahumado, le pregunté a los camareros que me atendían, unos detrás de los otros, dónde estaba en las paredes de la taberna la foto del tan famoso escritor Joe Gould, el Doctor Gaviota. Ninguno de ellos me pudo decir. Yo, les dije a cada uno de los camareros, no soy ningún turista absurdo: vine hasta aquí, dije, a buscar la sombra perdida de Joe Gould. Mi desolación subió muchos enteros cuando, mientras degustaba aquel plato de espléndido salmón, uno de los encargados del local me dijo que nadie allí sabía quién era Joe Gould ni, desde luego, Joseph Mitchell. Había una música en tono muy bajo, de una orquesta que tocaba “Yesterday”, y yo me refugié entonces en la memoria de cuanto sabía de Gould. Puesto que la he leído, existe, me dije, convencido y socarrón. Miré a la gente que comía plácida y divertidamente en la Minetta Tavern, y me sentí una vez más privilegiado poseedor de esa historia que, en ese momento en el interior de la taberna, nadie conocía o recordaba. A la vuelta del Village, luego de fumarme dos “señoritas” a la intemperie de un clima neoyorkino extraordinario, me tocó en suerte un taxista dominicano que había estudiado literatura en Salamanca. Claro que conocía la leyenda de Joe Gould. Y había leído a Pérez Reverte, a Herrera Luque, al “Gabo” (sic), a Soledad Puértolas, a Ana María Matute. Y había leído el libro de Mitchell que había publicado Herralde en Anagrama a hace unos años. Cuando llegamos a mi hotel en Broadway, media hora más tarde, ya éramos amigos. Y hablábamos de Joe Gould como si también hubiera sido amigo nuestro. ¡Ah, New York, cuantas cosas aprendemos en tus calles!

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